El Arzobispo Meriño en el anecdotario del Padre Castellanos

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Gracias a la acuciosa y paciente labor del siempre bien recordado Padre Ra­fael Conrado Castellanos, tan íntimo y cercano a Monseñor Fernando Arturo de Meriño, ha sido posible que llegaran hasta nosotros un valioso conjunto de anécdotas que retratan de cuerpo entero el carácter y la personalidad de tan exi­mio sacerdote y Pastor, político, intelectual y ciuda­dano, a quien correspondió la alta responsabilidad no sólo de dirigir durante un bienio(1880-1882) los más altos destinos nacionales,  en los convulsos finales de nuestro agitado siglo XIX, sino también, de liderar la marcha de la Iglesia Domi­nicana en tiempos difíciles y sombríos, desde 1885  hasta su muerte en el año 1906, en calidad de Arzo­bispo de Santo Domingo, responsabilidad que le fue­ra encomendada por la San­ta Sede poco después de culminar su accidentada labor presidencial.

Algunas de estas anécdotas han sido reseñadas también por autores que han escrito sobre la vida de Meriño, como fue el caso de Don Emilio Rodríguez Demorizi, Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito y anteriormente Doña Amelia Francasci y Abigail Mejía, pero otras han quedado dispersas en periódicos y re­vistas y son hoy difíciles de encontrar, por lo que nos permitimos recoger algunas en dos artículos, para delei­te y edificación de los lectores de Camino.

1.- Meriño frente a la autoridad venezolana.

Sus hondas fibras nacio­nalistas se manifestaron con fuerza inusitada en mu­chos y graves momentos, siendo uno de ellos aquel acto inconsulto de Pedro  Santana de anexar nuestra joven República a España en 1861, a lo que el enton­ces joven sacerdote Fernan­do Arturo de Meriño se opuso tenazmente, debido a lo cual, se vio precisado a  apurar la copa amarga del destierro.

Entre otros destinos, sir­vió pastoralmente en la ciudad de Barcelona, no de España sino de Venezuela. Allí, nos cuenta el Padre Castellanos, llegó a enta­blar amistad con muchas personas, entre ellas el Pre­sidente de aquel Estado, quien solía pasearse a caba­llo y le encantaba detenerse para echar párrafos con el  sacerdote amigo, en amable camaradería.

Un día se prolongó tanto la conversación, que el Pa­dre Meriño, que en todo momento estuvo parado, sintió flaquear sus piernas y deseando despedir con elegancia a la máxima autoridad del pueblo, expresó al sirviente que tenía delante: “Mira, muchacho, ve al pa­tio, ensilla mi caballo y tráemelo, que no quiero que el General me gane con ventaja”.

El Presidente, compren­dió a punto aquella finísima indirecta, despidiéndose enseguida con risueño semblante.

2.- Meriño y un cura muy liberal.

Un día que realizaba una visita pastoral, estando cer­ca de un centro parroquial, alcanzó a ver al cura de la feligresía que venía vestido de paisano y con un gallo debajo del brazo. El Cura, que era un tanto desequilibrado, en vez de devolverse, siguió hasta encontrarse con el Prelado, que se quedó mirándole fijamente sin pestañear y sin pronunciar palabra. El Cura le dice: “¡Oh, Monseñor! ¿No me conoce? Como el Cura no entendió el sabio gesto del Prelado, exclamó: “¡Es posible que Monseñor no me conozca!”. Entonces, Monseñor de Meriño le dijo con su enérgico carácter: “¡No!; no le conozco. Suel­te el gallo, póngase la sota­na y sabré quién es Usted”!

3—Sabia corrección