Dios corre para abrazar y besar

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Manuel Maza, S.J.

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   El Antiguo Testamento, con frecuencia representa a Dios como si fuera un hombre. En Éxodo 32, 7-11. 13 – 14, Dios se enoja por la idolatría del pueblo. Airado, va a destruir a Israel y hará de Moisés hará un gran pueblo. Moisés aparece compasivo, y Dios lleno de ira. ¿Será así?

   El Salmo 50 enseña: Dios es un Dios “de inmensa compasión”. 

   En el Evangelio de hoy, Lucas 15, 1 -32, estalla la ternura de Dios en labios de Jesús.

Los escribas y fariseos se escandalizaban, porque Jesús les brindaba su amistad a los pecadores y compartía su mesa.

  Jesús relata tres parábolas. En la última, observe la ruindad del hijo que se va: le adelanta la muerte al padre, pidiéndole en vida la herencia, la derrocha con prostitutas, acaba cuidando puercos, y su mayor aspiración es compartir las bellotas de los puercos. El hambre y la necesidad le llevan a recapacitar. ¡Cualquier jornalero de la casa paterna vivía mejor!  Prepara su discursito y se pone en camino.

   El Padre lo ve de lejos. Todos los días salía a ver si su hijo volvía. Al verlo, se le conmueven las entrañas, echa a correr y se le tira al cuello para abrazarlo y besarlo. No lo deja terminar su discurso y arma un fiestón, porque su hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida.

El hermano mayor no quiere entrar. Él representa a los fariseos de todos los tiempos. Trabajaba como jornalero, pero no era un hijo, pues reniega del Padre amoroso y del hermano.

El Padre compasivo, de nuevo, saldrá afuera para revelarle al hermano mayor la única manera de llegar a ser hijo: ¡tener hermanos!

    El Señor nos criticará a los predicadores por haberle pintado con nuestra ira. Sí, nos criticará, mientras nos abraza.