Desde que recuerdo

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Hay una pequeña escena en el patio de la casa de los abuelos que no olvido. Era la Semana Santa del año 1959 o 1960. El tío Guario­nex llevó a un amigo desde Santo Domingo; estábamos en el patio, debajo de los árboles. El visitante estaba tomando ron, mientras buscaba música en la radio. Sólo había música de muerto, es decir, sacra o clásica. En un momento se incomo­dó el hombre y dijo: por eso es que quiero que venga Fidel Castro a este país… Cuando tuve uso de ra­zón vi que, (por supuesto, no debía beber en Semana San­ta), pero pensándolo bien, debe ser algo serio en estos Tró­picos, beber ron con mú­sica sacra de fondo…

¡Cuántas veces visité yo esta casa, durante casi quin­ce años! Íbamos camino al conuco. Papá iba a pie y yo montado en la burra. A la ida, poco antes de llegar a la casa de los abuelos, nos sa­ludaba Tato Martínez, especialista en temas histó­ricos, especialmente en los de Na­poleón; según estuviera la luna, elogiaba a papá (su se­riedad, su honra­dez…), o decía cosas que nos hacían reír por varios días. Más adelante estaba Virita. ¡Mi santo! Decía al vernos pasar. Preguntaba por los de casa, e invariablemente añadía un aaay, entre tierno y penoso. Al lado del conuco vivía Cornelia Ce­lina (Cufín), ca­riñosa hermana del abuelo, casada (sin hijos) con Ramón Rojas (Mon).

Algunos días, al regreso del conuco, nos llamaba Morena (Emilia Guadalupe Santos), la de Mojeno (José Francisco) Morillo, que tenía un gran horno de tie­rra. Nos entregaba cantidad de recortes de piezas recién horneadas (cortados, y otras cosas), todavía calientes. Me parecía algo tan sabroso, que cincuenta y tantos años después lo estoy mencionando.

Un día, también al regreso, nos asustamos mucho. Se acercó alguien y le dijo a papá que se preparara, por­que los enemigos estaban esperando al tío Alejo en el cruce, y que éste y un grupo de parientes, especialmente de los Méndez, iban a en­frentarlos. Papá llevaba el machete en la mano y, al oír esto, lo ocultó entre las ra­mas de yuca, sobre las que yo iba sentado, mientras decía en voz baja y conmo­vida, Dios mío, líbranos. Poco antes de llegar noso­tros al referido cruce, en la entrada de La Reina, encontramos a Alejo y a sus amigos que ya regresaban por no haber encontrado a nin­guno de los enemigos.

Pero no siempre las cosas eran tan serias. Otro día también regresábamos del conuco. Pasábamos frente a los Betances, y en ese mo­mento salía del callejón Emiliano, mi compañero de escuela primaria. Nos saludamos: –Oh Freddy. –Oh Emiliano. Y de inmediato la burra soltó unos trompetazos posteriores, con bastante compás. Todos nos reímos y, al llegar a casa, lo contamos. Este suceso fue entre noso­tros motivo de risa por mu­chos años.

La nueva casa en lo que llamamos Licey San José, fue construida en el extremo noroeste del terreno (quizá quince tareas) en cuyo centro está la casa que fue de los abuelos paternos (unos metros más al Este, estuvo la de los bisabuelos Antonio Ramón Bretón Bueno y Gre­goria Méndez); como ya dije, era frecuente que el hijo mayor, (varón), como lo era papá, fuera ubicado cer­ca de sus Padres para soco­rrerlos. Después de nuestra mudanza nacieron mis hermanos María Bernardita Josefina, Juan Constantino, Carmen Nelia, Domingo Evangelista, Altagracia Mi­lagros y Martín Alejo Rafael.

 

 

 

Por supuesto, la nuestra era una casa sencillísima: una enramada dividida en dos mitades; sólo tenía paredes (de yagua, los tres lados exteriores) la mitad corres­pondiente a los dormitorios; la otra mitad (la sala) era enteramente abierta por tres lados; la división entre sala y dormitorios era de tablas de palma. En esta sala había un cuadro del Corazón de Jesús y otro de la Virgen de la Altagracia, algún calenda­rio y fotos de varios fami­liares. Todo permanecía ahí, incluso por las noches; sólo se volteaban las sillas contra la pared, supongo que para que no las usaran los animales. Detrás de la casa ha­bía un montón de tablas de palma, con la idea de mejorar la casa algún día, lo cual sucedió cuando ya todos estábamos crecidos.