Desde que recuerdo

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Entrega No. 12

Por las nochecitas (al anochecer), sobre todo cuando había luna clara, jugábamos a la ronda, debajo de la enorme mata de almendra del patio de los abuelos paternos Domingo Ercilio (Papá Silo) y Emilia de Jesús (Mamela). Este árbol permanece toda­vía en pie porque, hace años, en­cargué a alguien que le cortara unas ramas altas y gran­des que daban hacia la casa; así evité que la cortaran por completo. Ha sido una pena que no pudiera permanecer con todas sus enormes ramas, ese árbol centenario.

En estos juegos nos reu­níamos los hijos de Genero­sa y Manuel, todos nosotros junto a algunos más del ve­cindario. Bajo este mismo árbol se realizaban encuentros familiares; a veces ­llevaban una vitrola (gramófono) y armaban la fiesta en pleno patio. Aquí se dio el pasadía de los Caballeros de la Altagracia, en cuyo coro participaba mi tío Apolinar Bretón. Uno de los que estuvo fue Henry Ely, quien se destacaría luego como tenor. Al­gunos de ellos se di­vertían poniendo a na­dar en una batea llena de agua, paticos (flores de una enredadera que abundaba en ese tiempo). Como me tocó algo de la comida de ese día, lo tengo aso­ciado a los rábanos, pues fue la primera vez que los comí; ha de sa­berse que en nuestros campos rara vez se co­mía ensalada, era algo considerado su­perfluo y urbano. A veces se comía lechuga y repollo (col). No sé si con los caba­lleros andaba ese día alguien llamado Miley, uno que se­gún creo, fue asesinado du­rante la tiranía trujillista; no sé por qué lo tengo asociado a ese día. Tal vez fue que ha­blaron de él.

Eran los tiempos de las cortinas del palacio son de terciopelo azul… ¿Te quie­res casar conmigo?…¡Calaba­za! Eran aquellas inolvida­bles noches de luna clara. El abuelo se acostaba a media tarde; luego protestaba des­de su cuarto, que no lo dejá­bamos dormir. Durante el día, se iba con frecuencia a mi casa; se sentaba en la sala y hacía rayitas en el suelo de arena con el machete que nunca dejaba; a veces silbaba sobre su filo, produ­ciendo un sonido particular. A veces decía algo; otras veces, nada. Luego se levantaba, se enderezaba lo más que podía –ya andaba bastante doblado– y regresaba a su casa, por la cañada. Tenía la pro­piedad de muy poca tie­rra, por lo que tenía que irse con los hijos varones a trabajar tierra ajena; tenía catorce hijos: siete varones y siete hembras. Este trabajo agrícola –se trabajaba con machete, aplastado (en cuclillas) sobre la tierra– terminó por doblarle la espalda hacia delante.

El abuelo tenía el tempe­ramento algo fuerte, y también sentido del humor, lo cual se nota en alguna de las décimas que componía. Sólo recuerdo una cuarteta de las que decía papá; observando el abuelo la índole de los pulperos del vecindario, de­cía: “Sidoro vende paciencia / Leonte, calamidad/ Teolin­da, como no fía / vende mala voluntad”.

Papá se reía mucho con la siguiente décima campesina cibaeña (de declaración, la llamaban), pero no supe quién era el autor: “Si me va a decí que sí / dímelo en eta menguante / para coitai loj etante / y la joiquet´e la cama / dei coichón tengo la lana / de hoj´e plátano y mamón / de cabecera un cerón / de arropadera una yagua./ Muchacha dame palabra / que tengo buena intención”.

A la abuela la recuerdo siempre amable, con su pierna izquierda hinchada, como de erisipela (disipela, decía la gente); decían que era a causa del fuego, pues prepa­raba mucho dulce y canqui­ñas para vender a los colmados. Todavía la recuerdo ha­lando la enorme masa para hacer canquiña, pintándola y retorciéndola. También re­cuerdo a la abuela, para Na­vi­dad, llevando en una bandeja todas las clinejitas, morcilla y demás partes de las vísceras del puerquito que mataban para estas fe­chas; nos dábamos verda­dero banquete.