De nuevo en el Seminario Santo Tomás de Aquino

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En mi segunda residencia en el Seminario Santo Tomás de Aquino (1991-1998) me tocó ser vicerrector académico (ya antes ha­bía sido “Decano de Estu­dios”) y encargado de la vida espiritual del Semina­rio. El Rector era el Padre Fausto Mejía Vallejo.

Se pasaba mucho trabajo en el área académica: era di­fícil conseguir buenos profesores para algunas materias; influía también que el pago a los profesores era bastante inferior al de las universidades. Una vez salí a buscar a una dama egresada de la Complutense de Madrid, pues nos faltaba profesor de literatura. An­duve calle arriba y calle aba­jo por los barrios, al sur del Seminario. Mis diligencias no dieron resultado.

Quizá lo más grave que pasé fue que, bien adelantado el verano recibí un pape­lito de un profesor; en él me comunicaba que había sido trasladado a Santiago, por lo que tendría que dejar las cla­ses en el Seminario.

Tal profesor impartía tres o cuatro asignaturas, varias de ellas muy importantes en la carrera de Filosofía. Yo me quedé frío con la noticia, pues nos creaba tremendo problema. Como ese profesor pertenecía a una comunidad religiosa, escribí a su superior; escribí también al Arzobispo de Santo Domin­go, último responsable del Seminario. Consideré que cuando se hacía algo así se irrespetaba el Seminario, perjudicando seriamente la formación de los futuros sacerdotes. De todos modos, tuve que resolver la situa­ción del mejor modo que pude.

Precisamente en ese en­tonces se habló mucho de que había que preservar la excelencia de la formación en el Seminario; yo dije en privado, que si me atacaban mucho podía poner a dar clases a Peguerito, el jardi­nero. Tan apurado llegué a verme.

Yo mismo planteé mu­chas veces la necesidad de formar especialmente al cle­ro diocesano para asegurar la calidad de la educación del Seminario Mayor (en la celebración del sesquicentenario del Seminario Santo Tomás de Aquino insistí en ello, y así lo recoge el libro publicado al respecto por Mons. Bello Peguero, y también mi libro Pasión vital).

Por supuesto, estábamos en medio de una situación precaria: pocos sacerdotes, pocos medios económicos… Pero gracias a Dios los Obispos fueron encontrando el modo de enviar sacerdo­tes diocesanos a especiali­zarse, principalmente a Europa.

En este punto, siempre he destacado la visión del Padre Fausto Mejía, quien no solo sentía vivamente la carencia en este orden, sino que promovió y logró con el apoyo del movimiento de Schöenstatt, al que él perte­nece, que fueran a doctorar­se y especializarse principalmente en universidades alemanas, varios sacerdotes dominicanos. Los frutos son felizmente conocidos de todos.

En esta etapa continué impartiendo clases de Sa­grada Escritura (lo cual hice desde mi regreso de Roma en el 1989, viajando –como ya dije– desde Cienfuegos, Santiago).

En primero de Teología tenía los dos semestres de Introducción a la S. Escri­tura y en cuarto, los Escritos Joánicos. Logré mantener­me impartiendo solo esas dos asignaturas, sin que tu­viera que tomar alguna más.

Gran parte de esas clases las preparé a la luz de una lámpara de gas, en plena Ca­pital de la República. Para ese tiempo los seminaristas, especialmente en tiempo de exámenes, se iban a estudiar bajo algún poste del alumbrado en alguna avenida cercana, como mariposas de lámpara. (Esto mismo me tocó verlo en Cabo Haitiano, Haití, en diciembre del año 2001: grupos de estudiantes preparando exámenes en la calle, donde había luz eléctrica).

Parece que como profesor fui bastante severo. Bas­te, como ejemplo, lo que supe después de ser obispo: un seminarista, claretiano si mal no recuerdo, promovía entre sus compañeros orar para que me hicieran obispo (creí que ya tenía yo suficiente con las oraciones de Mito y de Heró, que mencioné más atrás). Según cuentan, este joven había estado en mis clases de pri­mero de Teología, y pedía a Dios no encontrarse conmigo en el cuarto curso. Así que, oraba por mí, pero no por el bien de la Iglesia sino por su propio bien.

A comienzos de septiembre del 1998 nos hubiéramos encontrado en las clases, si en agosto no anuncian que había sido nombrado obispo de Baní. Parece que Dios escuchó su clamor.

De todos modos, he teni­do una gran satisfacción al mirar el aprovechamiento de tantos alumnos; por ejem­plo, algunos que han ido a especializarse fuera en esta área me han dicho que nada de lo que recibieron por allá les resultó extraño, pues yo los había iniciado en los te­mas fundamentales. Bendito sea Dios.

En verdad me satisface. Es como si dijéramos: valió la pena el esfuerzo.

Otra gran satisfacción era, por supuesto, ver el crecimiento espiritual. En esto habían trabajado mucho el Padre Rafael Felipe y el Padre Fausto Mejía. Había formación espiritual y se tenía un grupo de sacerdotes que iban de fuera del Seminario para la ayuda o acompañamiento espiritual de los seminaristas. Aparte de estos, todos los Formadores teníamos seminaristas que se orientaban espiritualmente con nosotros. En esto sucede lo que le oí decir una vez a un sacerdote: el confesor puede aprender del penitente. El lo decía porque si alguien confesaba un pecado, se daba el caso de que el confesor, si no había caído en cuenta de ese pecado, podía sentirme movido a confesarlo igualmente. Dicho sacerdote decía que a él le había sucedido. Pero en el caso del acompañamiento espiritual la cosa es más clara todavía: a menudo los Formadores recibíamos estímulo para nuestro camino al mirar la obra que Dios iba realizando en los seminaristas; era grande la seriedad con que muchos tomaban su vida espiritual y el crecimiento que Dios les permitía experimentar. También era frecuente que un simple consejo de uno de nosotros, llegara a marcar para siempre la vida de un seminarista: nosotros mismos no habíamos medido el alcance de lo que Dios podía suscitar en el interior de alguno, por unas simples palabras que nosotros le dirigíamos. Para mí son inolvidables los paseos por los patios del Seminario conversando sobre la vida espiritual, tratando de ayudar a los seminaristas. Pienso que muchas bendiciones nos vinieron a causa de esa tarea que nos encomendó el Señor. Solo tengo en mi mente un caso en que, en uno de esos diálogos,  no me sentí bien con las expresiones de un seminarista; viendo que no era posible sacarlo de su actitud insensata, lo dejé solo y regresé a mi habitación. Fue el único caso en todos mis años de seminario.

Un tema importantísimo era la adhesión a Jesucristo, la experiencia de verdadero encuentro y permanencia con Él. Tratándose de la vocación sacerdotal, este punto era crucial.

Se presentaban a veces los casos de los seminaristas buenos, pero que se les notaba poco entusiasmo en las cosas de Dios.  Hubo bastantes casos. A mí me encomendaron hablar con uno por este motivo. Recuerdo hasta debajo de qué árbol hablamos (y no era una higuera…). Le planteé el asunto y en una parte de su respuesta me dijo: “…uno cree en Dio y cosa”. ¡Válgame Dios! Este pedacito no se me ha olvidado jamás. Quizá esto se me parece un poco al que está en Misa, y cuando elevan la hostia consagrada mira hacia otra parte (y en esto he visto hasta eclesiásticos…). ¿No se sienten cómodos mirando la hostia consagrada? Pero volvamos al joven: para decir que creía en Dios tuvo que añadirle una coletilla (y cosa, como si no se encontrara cómodo pronunciando solo el nombre de Dios); en ese tiempo era frecuente que se añadiera esa expresión, un poco tonta, que le daba un plus de vaguedad a lo que se decía.