Cursillos de Catequesis

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También desde el Seminario San Pío X me tocó ir con Lino Rojas y Mario García, a Santiago Rodríguez, en donde impartimos cursos de Cate­quesis. Lo hicimos en el mismo pue­blo, en Arroyo Blanco y en Los Al­mácigos. Nos atendió muy bien el Padre Félix Allende, de Los Sagra­dos Corazones, que servía en la pa­rroquia en ese momento. En ese tiempo conocimos mucha gente ama­ble, especialmente en Arroyo Blanco y en Los Almácigos. Conservé por mucho tiempo un anillo de corozo que me obsequiaron en Arroyo Blanco. Allí se escuchaba mucho la música de Aníbal De Peña; en Los Almácigos escuché por primera vez el tema de El bueno el malo y el feo, de E. Morricone.

De Sabaneta (San­tiago Rodrí­guez) recuerdo a Icelsa, que luego fue profesora y a la inolvidable Olga Saint’hilaire, con quien mantuve co­rrespondencia por algún tiempo y a quien visité después de muchísimos años, en compañía de Alejandro Martínez, en mi última gira por Mon­tecristi, Santiago Rodríguez y Mao, en 1998 (cuando ya sabía que iba a ser obispo de Baní, pero aún no debía decirlo). De Arroyo Blanco era Alta­gracia (Taga) y otras personas de apellido Estévez; varias de ellas eran profesores.

Estando en el Seminario Menor fui también a ayudar en otros cursi­llos de catequesis. A Las Gordas, de Nagua (1966-1967), fui acompañando a mi tío Apolinar, mientras su esposa Yolanda Fernández, Bruna Ceballos y Chea Ureña estaban en Baoba del Piñal y otros lugares vecinos. Nos transportamos en el jeep del Obispado, conducido por Gabriel, secretario de Mons. Flores, por una carretera en pésimas condiciones; yo iba en la parte trasera, entre las cajas de materiales, debiendo esperar un rato después de llegar, hasta recupe­rar el uso de las piernas para poder bajar del vehículo. Aquí conocimos varias personas que luego serían catequistas, y algunos entrarían a la vida consagrada o a algún ministerio: Lidia, Camilo, Roberto, Paulino Peña (el Padre Oscar), con quien coincidiría unos años en el Semina­rio Mayor.

Recuerdo a Nena, su madre; sus hermanos Yayi, Modesto… Un poco en las afueras del poblado, recuerdo la casa de Don Vicente, cuya esposa hizo el cursillo. Son inolvidables los baños en el río Boba, de tardecita,  y la cena con castaña (pan de fruta o castaña, según la región; primera vez que yo la comí). Don Jorge Chaljub nos llevaba todos los días a Apolinar y a mí una botella de leche, que dejaba junto a la casa de su propiedad, en que nos hospedábamos; se trata del Padre de Rafael y Nelson Chaljub Mejía; creo que a Rafael lo conocí en los tiempos de su prisión en La Vic­toria; a Nelson y a su novia Idalia los conocí en Las Gordas.

De este tiempo recuerdo con ca­riño a los profesores Fernando y a su esposa Agapita, a Jorge Ulerio, (quien después fue profesor y tuvo un hermano en el Seminario Mayor), y a muchas personas más. En el apa­rato de radio de estos dos esposos (Fernando y Agapita) resonaba temprano en la mañana un programa re­ligioso originado en la ciudad de Na­gua, que tenía por tema una canción que decía, Si voy por esos piélagos, mis horas a cumplir, mi Dios, mi Dios, perdóname y ten piedad de mí (bis). Esa canción contenía la expresión proceloso mar, que tuve que buscar en el diccionario. Detrás de nosotros vendría a Las Gordas Faus­to Mejía Vallejo, creo que con Aurelio del Orbe; promoverían mu­cho las vocaciones. De aquí entrarían al seminario Oscar, Roberto, Simeón, Ulerio, Radhamés… Con la misma misión, también estuve con Apolinar en Cevicos, cuando era pá­rroco el Padre Manuel Núñez.

Antes había ido yo a la casa de Ramón De Jesús, compañero del seminario menor. Un día fuimos a la Iglesia y encontramos al Padre Er­nesto Roque echando él mismo el piso de mosaicos de la Iglesia; re­cuerdo que las hileras que terminaban en la puerta del perdón estaban visiblemente torcidas.

También volví cuando era párroco el Padre Guerra; no estaba en la casa curial, y como ya nos íbamos de Cevicos, la mamá de Isidro Cama­cho, que atendía la casa curial, me dijo: “Ya que no vas a ver al padre­cito, espérate para que veas algo.” Entonces entró a la casa para salir luego con tremendo zapato; era uno de los enormes zapatos del padrecito, pues éste no era tal padrecito sino un padrezote. Este sacerdote sostuvo una tremenda lucha en favor de los campesinos, por la que sufrió mucho.

Un día fue al Seminario Mayor cuando ya yo era Formador. Está­ba­mos sentados en la salita de las Her­manas del Perpetuo Socorro y el Padre se lamentaba de la situación que estaba viviendo. En un momento dijo: “Y entonces yo, con este genio celtíbero…”, pronunciado en puro acento castellano.

Poco después de esto, tuve que sustituir a Apolinar en un cursillo que tenía para las dos parroquias de Bonao; me acompañó la profesora Candita (Cándida Alberto de Rodríguez), de Piedra Blanca. Me hospe­daron en casa de Vicente y esposa, creo que no muy lejos del río Yuna, en el que me bañé, en las proximida­des del puente de la auto­pista. Una de sus hijas hizo el cursillo (quizá Carmen) y creo que dos de sus hijos tenían o tuvieron luego un taller en Bonao; si no me equivoco, ambos estudiaron en el Politécnico Loyola de S. Cristóbal. Uno de los participantes de este cursi­llo sería Antonio De la Cruz, quien luego fue ordenado Diácono permanente.

Estos encuentros tenían varios momentos de convi­vencia y de aprendizaje de juegos para niños y jóvenes. Dichos momentos fueron especialmente amenos con este grupo de valiosas personas de Bonao. Por medio de toda esta gente marcó Dios mi camino.