CUERDOS Y RECUERDOS – Memorias Liminar

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Siempre pensé que no era para todos escribir memorias. Las escribi­ría alguien famoso, quizá octogena­rio. Para uno sin renombre y bastante joven como yo, escribirlas sería equivalente a dejar de vivir para contar lo vivido.

Mientras cavilaba en estas cosas, algún recuerdo se asomaba en mi mente, sin decir nada; se empinaba para ver, y se iba. Luego venían de dos en dos y de tres en tres. Pero no tardaron en asociarse, hasta llegar a ser multitud. Se presentaban en ma­sa, a horas intempestivas; me entorpecían el sueño. Ya había millares y millares por neurona.Parecían fruncir el entrecejo de sus caritas chistosas.

Yo continuaba impasible. Tenía que vivir, ¿cómo iba a dedicarme a la escritura? Los reclamos fueron subiendo de tono, llegando a contener veladas amenazas. Construían barricadas, y hasta se entremetían en la fábrica de mis pensamientos para sabotearla.

Pronto descubrí que casi se adue­ñaron de todo: no había silencio, ni reposo, ni alborozo, ni oración en que no predominaran. Finalmente sucedió lo irremediable. Concentrados en abigarradas y tumultuosas masas, recurrieron al chantaje. “Tú sabes en dónde estamos, en el cerebro”–dijeron. “O nos haces caso, o te fundes. O nospones por escrito, o no te dejaremos vivir”. Confieso que no tuve más remedio. Los recuerdos se abalanzaron en tumulto, gustosos de expirar. Y en esta exigua tinta derramaron su
alma. Morían repitiendo algo enigmático: “Mi casa es el futuro. Soplo en mi
nariz es el porvenir”.

Infancia y adolescencia
Antes de que recuerde

Nací miércoles 15 de octubre de 1947, día de Santa Teresa de Jesús, a las tres de la madrugada (no abundaban los relojes, pero en casa nunca faltó un reloj despertador, cuyo tictac se oía de lejos; esa es la
hora que mi madre me ha dicho siempre, y la que aparece en el acta de nacimiento; a más de 94 años de edad, ella recordaba la fecha y la hora del naci­miento de cada uno de sus ocho hijos). Fui bautizado a
los tres días de nacido (18 de octubre) por el Pa­dre Carlos Tomás Bobadilla Urraca, en la antigua capilla de San José (Entrada de La Reina). Mis padrinos fueron José Eugenio Torres Sirí y su esposa, mi
tía, María Elena Bretón López.

Freddy Antonio de Jesús. Freddy, creo que porque ese nombre le gustaba a la madre, Antonio por papá, y de Jesús por Santa Teresa; (así que­daron complacidos casi todos). Co­mo era usual en ese tiempo,
recibí el sacramento de la Confirmación ha­cia los dos años de edad; mi padrino fue mi tío Emilio Apolinar Bretón López. Siempre contaban que, en esa ocasión, lloré muchísimo. Quizá cosas de niño. Pero no se
olvide que el Obispo daba una pequeña cachetada mientras decía –según la gente– Pateco (Pax tecum: la paz contigo).
Nací en la casa de los abuelos ma­ternos, en Canca La Reina, Moca, como a trecientos  metros de la iglesia dedicada a la Reina de los Ángeles. (Canca, por el nombre indígena del pequeño río, afluente del
también pequeño río de nombre indígena, Licey, y La Reina, por la patro­na). En ese tiempo era muy frecuente que los hijos se casaran y se queda­ran en una de las dos casas paternas, o en su alrededor; así
ayudaban a sus padres. Además, no todo el mundo podía tener casa propia.
Donde yo nací, era una enramada, o mejor lo que llamamos rancho, a unos metros de la casa de los viejos. Después de eso, con frecuencia la veía llena de tabaco, cosechado por el abuelo, quien además,
preparaba muchos andullos.

Le pusieron paredes de tablas de palma a una parte de dicha enramada, que siempre eran abiertas, y ahí se alojaron mis Padres. Al cumplir yo los dos años, y Teresita, la herma­na que me sigue, tres meses –es
decir en octubre de 1949– mis padres se mudaron a la casita que había cons­truido papá al lado de nuestros abuelos paternos, unos tres kilómetros hacia el Sur, en lo que antes se ­llamaba Licey Abajo. Este
sería el lugar casi permanente para toda nuestra familia. La enramada en La Reina volvió a ser lo que era; se desbarató el cuarto que era nuestra casa, y quedó de nue­vo abierta. Lugar para refrescarse, cuando no estaba llena de tabaco. (Alguien, bromeando, me
preguntó una vez si no había alguna tarja o una estela recordando que
fue lugar de mi nacimiento. Le dije que no, pero que no faltaba en el lugar un chivo que granulara el suelo o una gallina escarbando. Y hablé verdad).

En diciembre de 1945 se mudaron mis Padres a Fantino (La Piña Vie­ja), Cotuí, en donde permanecerían hasta mayo de 1946. (Todavía con­servo la tinaja para el agua que llevaron; ya antes de 1945 estaba en casa de mis abuelos). Mi papá trabajaba en una finca de arroz ubicada frente a la finca de Antonio de la Maza en Fantino; decían que éste la había recibido como regalo de Tru­jillo, según contaba mi madre. Papá se enfermó de fiebres palúdicas, por lo cual tuvieron que regresar a Licey. Una vez recuperado Papá, insistió Antonio Saldaña, amigo residente en Fantino, en que regresara; pero ya sólo volverían de
visita, llevándome en brazos, cuando yo tenía ya algu­nos meses de edad. En ese tiempo ayudaba a mi madre en el cuidado del bebé, Laly, (Rosa Elvira Reyes Méndez, prima hermana de mi ma­dre; quien, con
Ramón Bretón, hermano de mi Padre, acompañó a mis padres en su estadía en Fantino). Más adelante, cuando fueron naciendo mis hermanas y hermanos asistirían a mi madre, Emperatriz (de Sa­bana Rey, Cotuí), Nin (hija de Mario y Pilito, del vecindario) y algunas más. Mis padres
no dejarían de mencionar a Antonio Saldaña y a Bien­venida García (Doña Benida). Para mí fue una alegría muy grande que ésta fuera al Seminario Mayor a conocerme. Ambas personas eran sumamente piadosas.