En el año litúrgico el tiempo de la Cuaresma es el que fuertemente marca la vida del creyente, aparece una mayor sensibilidad hacia la fe y su vivencia, sobre todo en la dimensión sacrificial  de la vida religiosa del cristiano, hay una especie de vuelta más directa hacia Dios y al misterio pascual, un deseo de volver a la Casa del Padre para quien se haya retirado un poco o mucho, unas ansias de encontrar espacio para compartir a solas con nuestro Dios y Señor, un deseo grande de  eternidad y de redención.

La Iglesia siempre nos recuerda que la Cuaresma no es un tiempo en sí mismo, sino que tiene un objetivo y es que apunta hacia la Pascua, hacia la Resurrección. Nos preparamos en cuaresma para celebrar dicho acontecimiento central en la vida del creyente, pues ya lo decía Pablo: ́ Si Cristo no resucitó vana es nuestra fe´´ (1Cor 15,17). Buscamos en la Cuaresma  encontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con nuestros hermanos, pues nuestro camino no está lleno de rosas, sino también de agudas espinas que nos punzan, hacen daño a los demás y nos distancian de Dios, y hay que volver a la senda propia, que es andar con madurez, en fraternidad y en unidad con el Señor.

Mediante las diversas actividades que programamos para este tiempo cuaresmal se destacan muchas propias de la religiosidad popular unidas a los ejercicios de piedad ya tradicionales, como los viacrucis, caminatas, sacrificios particulares, ayunos, jornadas de retiros y de oración, actos penitenciales y otros, pero también en los últimos tiempos ha surgido una gran creatividad pastoral para ayudar a las personas a lograr adentrarse de nuevo al camino de la fe y volver a la comunidad eclesial, para desde allí vivir la celebración del misterio pascual.

Pero permanentemente hay que ir más allá de lo convencional y la de siempre, para no hacer de las prácticas cuaresmales algo folclórico. Hay que llegar a lo que la Iglesia en sí quiere de cada uno de nosotros en este tiempo especial, y es que lleguemos a la Pascua verdaderamente convertidos. Por eso hay un énfasis grande en la conversión como proceso continuo y constante en la vida del cristiano. En cuaresma buscamos convertirnos de nuevo al Señor. Son muchas las cosas que nos alejan de él, son muchos nuestros pecados fruto de nuestra fragilidad humana y de nuestra haraganería espiritual, y hay que volver a Dios, pero no es hacerlo solamente por cuarenta días y luego volver a lo mismo otra vez, no, es aprovechar el tiempo de pascua para que mediante todo ese ejercicio penitencial y de fe en la Cuaresma, la noche de Pascua hagamos una auténtica y verdadera decisión por Dios, como él lo hizo por nosotros  en su hijo Jesús llevado hasta la cruz y resucitado por su poder para salvación de todos, que en la decisión de Dios, esté nuestra decisión firme y responsable por él en el hoy de nuestra fe, que debe de convertirse en un para siempre. En esta cuaresma del 2022, aún con la sombra del coronavirus encima, nos adentramos en el desierto cuaresmal (como decimos en lenguaje de Iglesia para este tiempo), hagamos lo que tenemos y debemos hacer, despojándonos de todo lo inútil que hay en nosotros para nuestra vida de fe y llenemos  del Espíritu de Dios, caminemos animosos y con deseos grandes de conversión, de verdadero cambio en nuestras vidas, hacia la luz pascual que nos espera y aguarda, ese cirio que no se apaga: Jesús resucitado, nuestro salvador.