A finales del siglo pasado en América Lati­na estuvieron muy vigen­tes los regímenes dictatoriales y de Seguridad Na­cional, caracterizados por su persecución a todo aquel que se le opusiera y también a la Iglesia, que exigía respeto a los derechos humanos y la vuelta a la democracia.

Parecía que todo eso era asunto del pasado, hasta que en días recien­tes nos despertamos con la noticia de que en la amada Nicaragua estas situaciones se estaban vi­viendo, pero la sorpresa era mayor, pues quien lo perpetraba era Daniel Ortega del Frente Sandi­nista, aquellos que hicie­ron vibrar a toda Latino­américa y el mundo con su lucha contra el Dicta­dor Anastacio Somoza y su posterior triunfo, tra­yendo a este pueblo la de­mocracia añorada y el cese de los abusos.

Es inimaginable pensar que esto esté ocurriendo y que una de las partes que más lo sufre es la Iglesia, a la cual se le ha quitado todo medio de expresión, desde canal de televisión, emisoras, me­dios escritos, universidad y su sacerdotes y miembros y hasta Obispos están recibiendo el asedio y control del régimen de Daniel Ortega y de su Esposa Rosario Morillo.

Me contaba un amigo sacerdote nicaragüense, que a muchos sacerdotes los han llevado desde sus parroquias a un lugar que le llaman el “chimbote”, donde se interroga a los criminales más buscados y peligrosos del país, de ahí los encarcelan o se les restringe en su labor. 

Ya todos conocemos lo acontecido con el Obispo Rolando Álvarez, de la Diócesis de Mata­galpa. El asunto es que todo el que se oponga o diga algo en contra del régimen, es puesto en in­vestigación o se ve como alguien peligroso, pues tal parece que el gobierno busca perpetuarse en el poder por encima de los deseos en sí del pueblo, y la Iglesia se ha convertido en voz profética ante esta situación y otras que se están dando en el herma­no país, que van en contra de los derechos humanos y de la sana convivencia democrática que deben vivir los pueblos del mundo.

Para la Iglesia la persecución no le es ajena desde sus inicios, pero no es lo que debe ser y más en estos tiempos, pero ella no le huye a esta consecuencia que brota de su fidelidad a la misión que Cristo ha puesto en sus manos y a la extensión del reino. 

Hoy le ha tocado a esta Iglesia hermana de Nicaragua, y por lo tanto nuestra solidaridad con ella. Son muchos los mensajes de aliento que ellos han recibido. Son varios los comunicados de ánimo y denuncia de muchas conferencias episcopales, entre ellas la nuestra, y la llamada de atención de muchos pre­lados y grupos en el mun­do entero ante lo que está pasando.

El mismo Papa Fran­cisco el domingo pasado expresó su preocupación por lo que sucede, la mis­ma Santa Sede y la ONU, se han expresado y trabajado para que las cosas no se compliquen más de lo que están.

Así que todos al unísono con la Iglesia de Ni­caragua, oramos y clama­mos para que esta situa­ción se resuelva y vuelva la democracia al pueblo.

Que se respeten los derechos humanos, la libre expresión de la Iglesia y de quien sea en el país, que los ideales de Sandino, con los cuales vibramos en los años 80, en aquella revolución que trajo la Democracia a este pueblo, no se echen a la basura, sino que se pongan bien en alto, que no se traicionen más. 

Que nuestros herma­nos en la fe de Nicaragua no se desanimen y sepan resistir a las envestidas del sistema, y que este momento de cruz, propio de los que siguen a Jesús, sea el anuncio de una nueva resurrección para este pueblo latinoamericano que tanto, por su historia y fe merece.

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