Ceniza en el corazón

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Mucha gente bien intencionada de­sea una profunda renovación mo­ral para la República Dominicana. Quie­ren resolver este apagón de honestidad y responsabilidad, pues no se puede colocar un AMET debajo de cada se­máforo, ni designarle a cada juez, otro que le mire por encima del hombro y vigile sus fallos, descargos y descaros, tan caros… El país necesita cambios profundos… ¿los realiza­rán hombres y mujeres corruptos y egoístas? Nece­sitamos cambiar desde adentro.

Cada uno de nosotros posee una dimensión profunda desde la cual de­cide y actúa. Con sinceridad, re­co­noz­camos que somos personas incohe­rentes. Estamos llenos de buenas in­tenciones, pero nos dominan intereses egoístas, miedos, resenti­mientos y la desesperación, flor de fracasos. Que­remos leyes para todos, y privilegios para nosotros. Sentimos deseos de ser justos y hacer el bien, y nos preguntamos si valdrá la pena.

La Cuaresma, que los católicos iniciamos en el día de hoy, lleva un mensaje de esperanza para todo el que sea consciente, tanto de lo frágil de su di­mensión personal, como de los deseos nobles que brotan de su interior. Jesús presenta este mensaje alentador en el Evangelio de hoy, cuando repite una y otra vez: “Y tu Padre que ve en lo secreto”. Lo más hondo de mi vida no está cerrado, está abierto a Dios. Yo no soy un simple preso de mis proyectos, inte­reses, buenos deseos e incoherencias. Yo soy alguien cuyas profundidades Dios conoce. Cualquiera puede unir­se a la oración de los católicos del mundo entero, cuando le pedimos al Señor desde lo hondo de nuestras personas: “crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espí­ritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espí­ritu” (Salmo 50).

La ceniza nos recuerda lo equivocado y vacío de ser justo, o rezar “para ser vistos por los demás”, de dar limosna “tocando trompeta”. Se nos impone la ceniza en la cabeza para que nos llegue al corazón, como lo pedía el profeta Joel: “conviértan­se a mí de corazón… rasguen los corazo­nes y no los vestidos”. La ceniza re­cuerda lo efímero de nuestros esfuerzos mal ­orientados, con ella expresamos nuestra radical ne­cesidad de verdad, de coherencia y generosidad.

Cuando el celebrante impone la ceniza en la cabeza de cada católico, le hace esta invitación: ¡Conviértete y cree en la Buena Noticia! La Ceniza nos pone a caminar 40 días de ­desierto hasta el Domingo de Ramos, inicio de la Semana Mayor, celebra­ción de la Pascua de Jesús. La ceniza nos invita a buscar de corazón al Dios que conoce nuestros corazones como nadie. Veni­mos ante Dios, porque nos sentimos fragmentados y como jalados por fuerzas contradictorias. Los cristianos creemos que, en Cristo, Dios nos ha reconciliado.

No somos los rehenes de fuerzas irreconciliables. La ceniza nos pone a caminar el desierto de la cuaresma junto a Israel y la Iglesia para encontrar a Aquél que ve en lo secreto de nuestros corazones y nos puede re­conciliar desde adentro. Ese cambio traerá otros cambios. La ceniza no es polvo de fracasos, sino invitación a la verdad liberadora.