Cada uno importa

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Oveja, moneda e hijos son importantes para que cada grupo sea lo que es.

Para Dios cada uno importa. A Dios no lo satisface un “todos” anó­nimo, sino que nos quiere a cada uno de manera particular. Su contabilidad la organiza haciendo ope­raciones de uno en uno. Para Él el valor no está en el “todos” de la actitud cuantitativa, sino en lo irre­petible de cada uno, en su ser “no sustituible”. Como la oveja, la mo­neda o el hijo. La pérdida de cual­quiera de ellos representa un lamentable empobrecimiento. Causa de tristeza.

Las tres parábolas del capítulo 15 del Evangelio de Lucas, leídas este domingo, nos lo deja bien claro. El pastor sale a buscar la oveja que había perdido; la mujer, su moneda; el padre a cada uno de sus dos hijos. Una búsqueda sin límite de tiempo: hasta que lo perdido es encontrado. El término de la búsqueda no lo marca el estado de ánimo del buscador, sino el resultado positivo de lo que es buscado. La paciencia de Dios solo es superada por su amor.

Cuando no se tiene en cuenta la singularidad de cada uno, la persona queda disuelta en el conjunto. En­tonces corremos el riesgo de etiquetarlas, tal como se les pone la etiqueta a unos productos seriados. Allí no importa cada producto en particular, sino la producción masiva. Las cosas aparecen clasificadas en serie, mientras que Dios a cada uno nos toma en serio. “Publicanos” y “pecadores” son etiquetas bajo las cuales se clasifica a las personas con un determinado comportamiento u oficio. Jesús va más allá y las reconoce como personas singulares que vale la pena salir a buscar. Como la oveja, como la moneda, como el hijo menor o el hijo mayor.

Pareciera que no vale la pena el esfuerzo que se emplea para encontrar lo perdido. ¿Vale la pena tanto esfuerzo en la búsqueda de una ove­ja cuando se tienen otras noventa y nueve? ¿O poner patas arriba la casa hasta dar con una sola moneda cuando se tienen otras nueve? ¿O salir corriendo a abrazar a un hijo que ha dado por muerto al padre, pidiéndole una herencia que gastó de mala manera? ¿O tratar de convencer a otro hijo que, talvez con razón o sin ella, se niega a participar de la fiesta organizada en honor del hermano insensato? ¿No tenía aquel hombre su casa lo suficientemente llena para que tenga que echar de menos el vacío de sus hijos?

Estas preguntas cobran mayor fuerza si caemos en la cuenta de que tal vez el pastor sacrificó más de una oveja para dar la fiesta a sus amigos, o que la mujer se gastó algo más que la moneda encontrada en la fiesta compartida con sus vecinas. O que el padre incurrió en un derroche nunca visto con motivo de la recuperación de los hijos perdidos. Esto sucede porque se trata de amor y no de negocio. Donde hay amor no hay espacio para el negocio, sino solo para el gozo. La contabilidad de Dios no se ajusta a nuestros libros de cuentas.

La oveja, la moneda y cada uno de los hijos es importante porque sin ellos se rompe la unidad, el conjunto pierde su completud: cien, diez, tres. Si la oveja se deja perdida ya no son cien, sino noventa y nueve; si lo es la moneda ya se rompe el nú­mero diez, signo de lo que está completo. Y si falta uno de los dos hijos ya no hay “trinidad”, la familia está incompleta.

Oveja, moneda e hijos son importantes para que cada gru­po sea lo que es. Lo que causa alegría es que lo que estaba in­completo vuelve a conseguir su estado ideal. ¿No es causa de inmensa alegría cuando el que faltaba vuelve de nuevo a casa? La fiesta no se da igual si el número de los que debieran estar está incompleto. Para Dios la alegría es más valiosa que lo gastado en la fiesta.