El primer y más grande regalo de Dios al hombre

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Jimmy Drabczak

El Espíritu Santo, los ángeles y la santidad cotidiana

Del ciclo «El mensaje de un buen padre»: con el beato Bronislao Markiewicz sobre lo verdaderamente importante de la vida.

Todos queremos amar y ser amados. Es el deseo más profundo del corazón humano. Sin embargo, ¡cuánto nos cuesta! Deseamos vivir en paz, pero discutimos; queremos perdonar, pero guardamos resentimientos; hablamos del amor, pero nos falta paciencia. ¿Cómo aprender a vivir según la gran medida del amor, precisamente en medio de nuestra vida ordinaria?

El beato Bronislao Markiewicz, nos ofrece una respuesta: el regalo más grande que Dios nos concede no son los dones extraordinarios, sino el Espíritu Santo, que viene a habitar en nuestro corazón mediante la gracia santificante.

Markiewicz explica esta realidad con una imagen hermosa: el Espíritu Santo se une al alma como el fuego al hierro. Cuando una barra de hierro entra en el fuego, comienza a calentarse y resplandecer. Sigue siendo hierro, pero participa del calor y la luminosidad del fuego. Algo semejante sucede cuando vivimos en gracia de Dios. 

El Espíritu Santo no destruye nuestra personalidad ni nuestra libertad, sino que nos transforma interiormente. El beato enseña que el Espíritu no se limita a acercarse como una voz que aconseja y desaparece. Entra en nuestro corazón, establece allí su morada y lo convierte en templo de Dios. Se cumple así la promesa de Jesús: «El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

A veces identificamos la presencia del Espíritu Santo con milagros, profecías o el don de lenguas. Son carismas valiosos, pero Markiewicz nos recuerda que la verdadera santidad se manifiesta principalmente en las virtudes cotidianas. Una madre que responde con paciencia, un esposo que pide perdón, un joven que rechaza la mentira o una persona que ayuda sin buscar reconocimiento. Ahí también actúa el Espíritu Santo. San Pablo enumera sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, mansedumbre y dominio de sí (cf. Ga 5,22-23). La santidad no se mide por lo espectacular de nuestros dones, sino por la profundidad de nuestro amor.

Los santos ángeles nos acompañan precisamente en este camino de transformación interior. Nuestro ángel custodio nos protege y orienta hacia Dios. San Miguel Arcángel nos recuerda que toda nuestra vida debe estar centrada en el Señor: «¡Quién como Dios!» Pero debemos comprender una diferencia fundamental: el Espíritu Santo es Dios y nos santifica mediante su gracia; los ángeles son criaturas espirituales que colaboran como servidores y mensajeros del Señor. Su misión no es sustituir al Espíritu Santo, sino ayudarnos a permanecer fieles a Dios. 

Los ángeles nos enseñan también la humildad. No buscan ocupar el lugar del Creador, sino servirlo con fidelidad. Por eso Markiewicz repetía a sus jóvenes: «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (Sant 4,6). Un corazón humilde es un corazón abierto a la acción del Espíritu Santo.

Markiewicz destaca que el Espíritu Santo comunica la vida de la gracia y une a los miembros del Cuerpo de Cristo mediante el amor.

Por eso, no podemos hablar de santidad mientras vivimos divididos por rivalidades, indiferencia y resentimientos. Esta enseñanza ilumina también nuestro lema pastoral: «Bautismo y Sinodalidad, camino de Santidad». Por el Bautismo recibimos la vida nueva del Espíritu. Mediante la sinodalidad aprendemos a caminar juntos, escucharnos y acompañarnos. Y la santidad es la plenitud de esa vida que Dios nos regala.

En una sociedad fascinada por lo espectacular, Markiewicz nos invita a descubrir el milagro silencioso que Dios realiza diariamente en nosotros. No necesitamos esperar acontecimientos extraordinarios para comenzar a ser santos. Podemos empezar hoy, amando, perdonando y sirviendo. 

Pidamos al Espíritu Santo que transforme nuestro corazón y a nuestros ángeles custodios que nos ayuden a seguir sus inspiraciones. Porque la verdadera santidad comienza cuando dejamos que Dios convierta nuestros pequeños gestos cotidianos en grandes obras de amor.