Ysis Estrella Román
«Si alguno de ustedes está a falta de sabiduría, que la pida a Dios». (St 1,5)
Hay decisiones que tomamos casi sin pensarlo, pero otras nos obligan a detenernos, porque sabemos que pueden cambiar nuestra vida. Elegir un camino profesional, afrontar una dificultad matrimonial, aceptar una responsabilidad, cambiar de trabajo o tomar una decisión relacionada con nuestros hijos, puede despertar muchas preguntas. Queremos hacer lo correcto, pero no siempre sabemos con claridad cuál es el mejor camino.
En esos momentos aparecen el miedo a equivocarnos, la preocupación por las consecuencias y el deseo de encontrar alguna señal que nos garantice que todo saldrá bien. Sin embargo, la vida pocas veces nos ofrece esa seguridad absoluta. Hay decisiones que debemos tomar sin conocer completamente lo que vendrá después.
La carta de Santiago nos recuerda que, cuando nos falta sabiduría, podemos pedírsela a Dios. Esta invitación es profundamente consoladora, porque reconoce nuestra necesidad de orientación y nos anima a buscarla en Aquel que conoce nuestro corazón.
Pero pedir sabiduría no significa esperar que Dios decida por nosotros. Él nos ha regalado inteligencia, conciencia y libertad para asumir responsablemente nuestra vida. La oración no sustituye nuestra capacidad de pensar; la ilumina y nos ayuda a reconocer aquello que verdaderamente importa.
Discernir cristianamente exige mirar más allá de nuestras conveniencias inmediatas. Necesitamos preguntarnos si aquello que estamos considerando que es justo, si respeta la dignidad de las personas, si favorece el bien de nuestra familia y si nos acerca a los valores del Evangelio. Una decisión puede parecer beneficiosa y, sin embargo, alejarnos de lo que sabemos que es correcto.
También necesitamos aprender a escuchar. Dios puede ayudarnos mediante su Palabra, la enseñanza de la Iglesia y el consejo prudente de personas que nos conocen y desean nuestro bien. Escuchar otras perspectivas no significa renunciar a nuestra responsabilidad, sino reconocer humildemente que no siempre vemos todos los aspectos de una situación.
En ocasiones tendremos que aceptar que ninguna alternativa está libre de dificultades. Entonces será necesario actuar con serenidad, valorar las consecuencias y tomar la decisión que consideremos más responsable delante de Dios.
Y si después descubrimos que nos equivocamos, tampoco debemos perder la esperanza. Siempre podemos reconocer nuestros errores, corregir lo necesario y aprender de lo vivido. La misericordia del Señor también nos acompaña cuando necesitamos recomenzar.
Quizás hoy tienes delante una decisión que te inquieta. No permitas que el temor te paralice. Busca momentos de silencio, presenta tus dudas al Señor y escucha con sinceridad lo que tu conciencia iluminada por la fe te está mostrando.
Decidir con fe no significa conocer de antemano todas las respuestas, sino caminar responsablemente, confiando en que Dios permanecerá a nuestro lado.
Para meditar
* ¿Qué decisión necesito presentar hoy al Señor con mayor confianza?
* ¿Estoy buscando sinceramente la voluntad de Dios o solamente aquello que más me conviene?
* ¿A quién puedo escuchar para discernir con mayor prudencia y responsabilidad?
Dios les bendiga siempre.
Ánimo.




