Fue en la tanda vespertina
que inicié mi educación
y al hacer la evocación
de manera repentina:
el rostro se me ilumina
llenándose de terneza
por mi escuela santiaguesa
donde estuve siendo un niño
recordando con cariño
la Francisco Villaespesa.
Era kaki el uniforme
mi bulto color marrón,
en el aula un pizarrón
que a mis ojos era enorme;
en mi pupitre conforme
y atento a la profesora
una eximia educadora
de varias generaciones
con sabias explicaciones
de maestra formadora.
Entre clases el recreo
la pausa tan esperada
en toda la temporada.
Y al timbrazo: ¡el vitoreo!
Hacia afuera cual chorreo
bajábamos presurosos
celebrando victoriosos
del gran patio la conquista;
y otra vez: pase de lista
sentados y laboriosos.
Hice amigos entrañables
que nos hicimos hermanos
esos vínculos humanos
profundos e inquebrantables;
que esos años imborrables
trocaron en sentimientos
esos hermosos cimientos
que el corazón atesora
con un suspiro que aflora
evocando esos momentos.
Tras terminar la jornada
volvíamos al hogar
a las calles, a jugar
en ruidosa muchachada;
hasta que una llamada
nos hiciera regresar
a la casa a descansar
y terminar los deberes.
Con nuevos amaneceres
otra vez a comenzar.




