Ysis Estrella Roman
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Jn 11,25)
Perder a un ser querido es una de las experiencias más dolorosas que puede vivir el corazón humano. Ninguna palabra logra llenar el vacío que deja una persona amada. La ausencia se siente en la mesa, en la casa, en las conversaciones y en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Aunque el tiempo siga avanzando, el amor nos hace recordar una y otra vez a quienes ya no están físicamente con nosotros.
Ante la muerte, es natural que aparezca el dolor, las lágrimas y muchas preguntas. Incluso Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Con ese gesto nos mostró que la tristeza no es una falta de fe. Llorar es una expresión del amor que permanece. Quien ha amado profundamente también siente profundamente la ausencia.
Sin embargo, el Evangelio nos invita a mirar más allá del sepulcro. Nuestra esperanza no se apoya únicamente en los recuerdos, sino en la promesa de Cristo resucitado. Él venció la muerte y abrió para todos nosotros el camino hacia la vida eterna. Por eso, aunque el dolor sea real, no vivimos un duelo sin esperanza.
Con el paso del tiempo descubrimos que el amor verdadero no desaparece. Cambia la forma de la presencia, pero no el vínculo del corazón. Seguimos dando gracias a Dios por la vida compartida, por los momentos vividos y por todo el bien recibido de esa persona. La gratitud comienza poco a poco a convivir con la tristeza y nos ayuda a seguir caminando.
También es importante permitirnos vivir el duelo con serenidad. Cada persona necesita un tiempo distinto para sanar. No debemos sentirnos culpables por llorar ni presionarnos para olvidar rápidamente. Dios camina con nosotros en ese proceso y nos sostiene cuando las fuerzas parecen faltar.
Si hoy estás atravesando por la pérdida de un ser querido, recuerda que el Señor conoce tu dolor. Él permanece a tu lado, recoge tus lágrimas y fortalece tu esperanza. Un día, en la plenitud de su Reino, volveremos a encontrarnos con quienes partieron en la fe.
Mientras llega ese momento, vivamos con la certeza de que el amor nunca muere cuando está unido a Dios. La muerte tiene la última palabra para el mundo, pero para el cristiano la última palabra siempre la tiene Cristo Resucitado.
Para meditar
* ¿He puesto mi dolor en las manos del Señor?
* ¿La esperanza de la resurrección sostiene mi corazón en los momentos de duelo?
* ¿Cómo puedo acompañar con mayor cercanía a alguien que ha perdido un ser querido?
Dios les bendiga siempre.




