Padre Jimmy Drabczak
En estos días llamó profundamente mi atención el documento Magnifica Humanitas, del Santo Padre León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El Papa recuerda que la tecnología puede ser una ayuda extraordinaria para el ser humano, pero jamás debe reemplazar la conciencia, la libertad interior ni el corazón de la persona.
Y precisamente desde esa reflexión nació en mí una pregunta inquietante: ¿quién está formando hoy el alma de nuestros niños?
Muchos padres viven actualmente una gran impotencia frente al mundo digital. Nadie los preparó para esta batalla. Somos la primera generación que intenta educar hijos rodeados de pantallas, algoritmos y redes sociales capaces de absorber la atención humana durante horas.
Antes el peligro estaba en la calle; hoy muchas veces entra silenciosamente en la casa y se instala en la habitación de nuestros hijos.
Hace poco leí una reflexión muy fuerte. Un conferencista preguntó a varios padres: “¿Entregarían sus hijos a un vendedor de drogas para que los eduque?”. Nadie levantó la mano. Luego preguntó: “¿Quién le dio un celular inteligente a su hijo siendo todavía niño?”. Esta vez apareció un bosque de manos levantadas. El silencio posterior fue estremecedor.
No se trata de demonizar la tecnología. La Iglesia no está en contra del progreso. El problema aparece cuando la tecnología deja de ser una herramienta y comienza a convertirse en dueña del tiempo, de las emociones y hasta de la identidad de las personas.
Muchos niños pasan hoy más horas mirando pantallas que conversando con sus padres. Algunos conocen mejor a los “influencers” de internet que a sus propios abuelos. Lo más preocupante es que las grandes plataformas digitales están diseñadas precisamente para capturar la atención.
Detrás de muchas aplicaciones trabajan psicólogos, programadores y especialistas, estudiando cómo hacer que una persona permanezca conectada el mayor tiempo posible. Cuando el cerebro de un niño todavía no ha madurado completamente, la lucha es desigual.
Resulta significativo que muchos ejecutivos de empresas tecnológicas limitan severamente el uso de celulares y tabletas dentro de sus propias familias. Algunos incluso envían a sus hijos a escuelas donde se reduce al mínimo el uso de dispositivos electrónicos. Ellos conocen el poder adictivo de aquello que producen.
Mientras tanto, muchos padres entregan el celular para “tener tranquilidad”: para que el niño no llore, no moleste o permanezca quieto. Poco a poco el aparato puede convertirse en una especie de “niñera digital” que roba creatividad, diálogo familiar y capacidad de contemplación.
Un niño necesita correr, aburrirse, inventar juegos, escuchar historias, mirar la naturaleza, aprender a convivir y descubrir el valor del silencio. El alma humana no se alimenta solamente de información; necesita amor, presencia y sentido.
Por eso el verdadero desafío no consiste únicamente en colocar filtros o controles parentales. La respuesta comienza cuando los padres vuelven a estar presentes. Ninguna aplicación sustituirá una conversación profunda, una comida en familia, un paseo juntos o una oración hecha con el corazón.
Quizás la pregunta más urgente de nuestro tiempo no sea qué tecnología usarán nuestros hijos mañana, sino quién custodiará hoy su corazón, su libertad y su alma. Porque si nosotros no educamos el interior de nuestros niños, otros lo harán por nosotros.




