Desde España/ Área: Pastoral de la Salud
Mary Esthefany García
“Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10). Con estas palabras, el apóstol Pablo nos
revela un misterio profundamente espiritual: la fragilidad humana no es un obstáculo para Dios, sino el espacio privilegiado donde Él se manifiesta con mayor claridad, si le damos lugar y escuchamos cómo habla al corazón.
En las habitaciones de un hospital, donde el dolor y la incertidumbre parecen tener la última palabra, Dios pasa silenciosamente. Allí ocurrió una experiencia inesperada entre dos pacientes que, para sorpresa de ambos, eran vecinos. Jamás imaginaron que, compartiendo una habitación y la vulnerabilidad de la enfermedad, vivirían un encuentro tan profundo y sincero.
En pocos días, se abrió entre ellos un diálogo que nunca antes habían tenido en años de cercanía cotidiana. Uno de ellos falleció, y el otro, conmovido, expresó: “Me pasó algo sin igual. Él me dio lo que yo necesitaba y yo a él también. Su persona tocó mi corazón y me comprendió hasta lo más hondo”.
Esta vivencia nos recuerda a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Jesús caminaba a su lado y solo lo reconocieron cuando su corazón ardía. Así actúa el Señor: se hace presente en el prójimo, en el que está a nuestro lado, enseñándonos desde la sencillez y el amor. No es solo sensibilidad ni efecto de la enfermedad; es Dios que entra cuando se lo permitimos, incluso cuando menos lo esperamos.
Al final, aquel paciente pudo reconocer la mirada de Dios en su vecino, hoy ya en la casa del Padre. Dios estaba vivo en ese corazón dispuesto a acogerlo.
Oración final: Señor, enséñanos a descubrirte en nuestra fragilidad y en el rostro del hermano. Abre nuestro corazón para reconocerte cuando pasas a nuestro lado y haznos dóciles a tu presencia silenciosa. Amén.




