Creemos que hay un Dios, es amor y se comunica

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Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

Sorprende la cantidad de personas que profesan ser creyentes, pero no han dedicado ni un segundo a preguntarse, cuál es la naturaleza del ser de Dios. Los cristianos compartimos esta convicción: “Dios es amor y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1ª Juan 4, 7–8).

Lamentablemente, los cristianos en muchas ocasiones no hemos puesto en práctica estas convicciones, sino que nos hemos dejado manipular por intereses económicos y políticos que matan a otras personas. Baste un ejemplo: en tiempos de Inocencio III (1198 – 1216) la cuarta cruzada (1204), planeada para hacer daño a los musulmanes, se dirigió contra Constantinopla, movida por intereses venecianos y de otras instancias comerciales italianas.

Unos pocos años más tarde, Francisco de Asís cruzó las líneas de batalla para visitar al sultán de Egipto, Al-Malik al-Kamil, en septiembre de 1219 en Damieta, Egipto, durante la Quinta Cruzada. En una ocasión, el sultán lo mandó a buscar con estas palabras: “que venga ese hombre que parece un cristiano”.

¿Cómo llegó Francisco de Asís a tener como prioridad “paz y bien” con el que todavía nos saludan sus admirables hijos e hijas? A la base de su actitud de acogida ante todo ser humano y la naturaleza está la renuncia a los intereses económicos. Pero eso no basta, también Pedro, el ermitaño, era radicalmente pobre y con miles de entusiastas, en delirio bélico, hasta se le adelantaron a la primera cruzada del 1095.

Para mí la clave está en que Francisco de Asís era un hombre de oración. Quien ora se coloca delante del Absoluto, que le relativiza sus esquemas e intereses. La oración es una escuela para aprender a llevar a cabo la voluntad de Dios, “así en la tierra como en el cielo”.

La oración es un asunto de amor y lo más propio del amor es la comunicación. En la oración, le comunicamos al Señor los que vivimos a nivel de lo más profundo de nuestro ser, y recibimos lo profundo de Jesús de Nazaret, sus actitudes.

La actitud de Francisco de Asís ante el Califa, no se debió solamente a su buena voluntad, sino que en su oración internalizó esta actitud de Jesús: “…, amen a sus enemigos. Hagan el bien a los que los odian” (Lucas 6, 27).