Con Naamán aprendemos a creer y a orar

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Manuel Pablo Maza Miquel, S.J

Empiece por leer despacio en el Segundo Libro de los Reyes, el pasaje 5, 1-27. La fe y la oración parten de la realidad. Naamán sabe que es leproso y lo acepta. No se puede creer ni orar desde la mentira. Hemos de orar con el corazón que tenemos, no con el que quisiéramos tener. No necesitamos colocarnos en una situación más “santa y justa” para que el Señor nos ayude. Jesús mismo no vino a buscar a los sanos y justos, sino a los enfermos y pecadores (lea Lucas 5, 29 – 32).

Naamán da un paso en la buena dirección: está abierto a que su lepra tenga cura. Se pone en camino. Antes de creer y orar, ya hemos creado un Dios a nuestra imagen y semejanza. Somos negociantes y fabricamos un “dios negociador”, por eso Naamán cree que necesita hacerle regalos y darle oro a quien le puede curar. En la vida que hemos vivido, hemos aprendido que para lograr lo que queremos necesitamos negociar, ganarnos el favor de quien nos puede ayudar, respondiendo a sus intereses, por eso Naamán ofrece regalos.

El Señor libra a Naamán de su actitud de negociante. Naamán va descubriendo que la acción salvadora del Señor arranca de su generosidad, no de su oferta de regalos.

A Naamán lo mandan a bañarse en el Jordán. Esa orden choca con las expectativas de Naamán. Él esperaba que el profeta Eliseo invocara a su Dios y con portentos le curase, pero le están mandando bañarse en el Jordán. Naamán pretendía enseñarle al profeta Eliseo cómo debe actuar el Señor. Eliseo enseña a Naamán cómo actúa el Señor: siempre nos invita a entrar en nuestra vida corriente, en ese humilde río Jordán que cruza por nuestra vida fiados de su palabra más fuerte que nuestras lepras.

Quien empieza a creer y da los primeros pasos en la ruta de la oración es invitado a aceptar que su vida tiene dimensiones y virtualidades que él o ella desconoce.

Una vez curado, Naamán sigue siendo Naamán y se cree que el señorío de Dios se reduce a la tierra de Israel. Para creer y orar no necesitamos aferrarnos a las maravillas del Señor, sino al Señor de las maravillas. El Señor no es un dios de vecindario, sino el Señor de la historia.