Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
Hacia el 24 de enero de 1848, John Sutter encontró varias pepitas de oro mientras construía un molino en el río American en Coloma, California. Su hallazgo desató “la fiebre del oro”. En los próximos 7 años, más de 300 mil personas se mudaron a California buscando oro.
¡Sabe Dios desde cuándo los ríos de California llevaban oro desde las Rocosas hasta el Pacífico sin que nadie cayera en la cuenta! El prestarle atención al brillo de unas pepitas cambió la historia de Sutter y los Estados Unidos.
¡El oro de la oración te puede cambiar la vida! Mientras oramos, el Señor se nos da. San Ignacio de Loyola (1491 – 1556) pensaba que era muy conveniente examinar la oración para descubrir su oro. Para ese examen, pudieran ayudarte estas seis sugerencias.
Pregúntate, qué sentiste mientras leías el pasaje que meditaste o durante el rato de oración. Sin evaluarlos, deja aflorar tus sentimientos.
Segundo, ¿qué descubriste? ¿Qué novedad te salió al encuentro? Agradece la novedad siempre sorprendente del Señor.
Tercero, ¿qué gracias, luces y llamados recibiste? Esfuérzate por identificarlos para acogerlos y agradecerlos.
Cuarto, ¿a qué te has sentido motivada? ¿Qué respuesta va surgiendo en ti? La oración, ¿a qué cambios te mueve en tu vida, por dónde te lleva, hacia qué y a quiénes te envía? No se trata ahora de elaborar todo un proyecto de vida con pelos y señales. Se trata de tomar conciencia de una nueva dirección.
En la oración, el Señor no suele brindar un plato ya cocinado y calentito, pero respetuosamente te regala ingredientes y te sugiere lo que lleva, cuánto horno necesita y a veces, hasta qué salsa le queda bien. En la oración aprendemos a probar y gustar. Mi experiencia es que el Señor no da mapas, pero nos pone a mirar las estrellas que orientan hacia la vida verdadera. Pronto descubrimos que ellas también nos miran, mientras brillan dentro del corazón.
Quinto, pudiera ayudarte a anotar lo vital sobre tu rato de oración. Luego la releerás para recordar por donde has pasado y, sobre todo, por donde puede haber pasado el Señor.
Sexto, mira ver si debes cambiar alguno de los aspectos prácticos de la oración (lugar, postura, tema…) o añadir algo. Identifica lo que te ayuda y mantenlo.
Finalmente, da gracias por el rato de oración.


