Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
Miqueas, profeta que libera al pueblo de su camino equivocado para agradar a Dios, y lo coloca en el buen camino: “Ya se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor te exige: Tan sólo que practiques la justicia, que sepas amar y te camines humildemente con tu Dios” (Miqueas 6, 8).
Es como si el profeta dijera: – Respecto del Señor, no actúes como si Dios no te hubiese comunicado ya, desde hace rato, lo que desea. No trates a Dios como a un ídolo arbitrario e irresponsable cuya disposición hacia ti ignoras. Ya Dios te ha perdonado, esa misericordia expresa su ser más profundo. Ahora te toca a ti actuar desde lo profundo de tu ser y poner en práctica lo que es bueno y te realiza como ser humano. Eso es lo que Dios te exige.
La disposición de Dios hacia ti es la del perdón y de la misericordia, ahora te toca a ti practicar la justicia. Con lo cual el profeta está afirmando que para practicar la justicia hay que tener entrañas de misericordia. Nos toca “saber amar”, es decir, ir aprendiendo a amar, “y caminar humildemente con nuestro Dios”, así lo traducen algunos intérpretes de la Biblia.
Para orar no hay que pagar peaje. No hay que fatigar a Dios, pensando que nos hará más caso si le repetimos mil veces una palabra, o una fórmula mágica. Jesús mismo nos orienta: “Al orar no multipliquen las palabras, como hacen los paganos que piensan que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo, porque, antes que pidan, el Padre sabe lo que necesitan” (Mateo 6, 7-8).
En la oración, el Padre nos invita a extender hacia los demás la misma benevolencia que ya hemos recibido. “Queda bien claro que, si ustedes perdonan las ofensas de los hombres, también el Padre celestial los perdonará. En cambio, si no perdonan las ofensas de los hombres, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mateo 6,14-15).
En la oración no encontramos a un Dios que nos cobra, sino al Señor que nos ama incondicionalmente.
Las olas, infatigablemente cariñosas, convierten en playas a los arrecifes más duros, ¿en qué nos transformará el amor leal y eterno del Señor hacia nosotros?




