Manuel Pablo Maza Miquel, S.J
Cuando oramos transitamos una carretera que va de Dios a nosotros y de nosotros a Dios. ¿Acaso habrá que pagar un peaje? Un razonamiento superficial parecería fundamentar el que nosotros, hombres y mujeres egoístas, tramposos, incoherentes y pecadores reconocidos necesitaríamos algún tipo de tributo y peaje para poder aplacar la condena de Dios contra nuestra maldad.
El profeta Miqueas se lo plantea así en el capítulo 6: “¿Con qué me presentaré delante de Yahvé? ¿Cómo iré a arrodillarme delante del Dios de los Cielos? ¡Me presentaré ante él trayéndolo holocaustos o terneros de un año! Pero; ¿aceptará Yahvé los miles de carneros o los cientos de litros de aceite que se derramaron? ¿O será necesario que sacrifique a mi hijo mayor para pagar mi culpa, al fruto de mis entrañas por mi pecado?” (Miqueas 6, 6-7).
Si recorremos paso a paso estos dos versos, vemos que el profeta expresa con sus palabras la convicción del pueblo de que Dios está por encima de todos ellos. Dios los supera a todos. A Él le debemos la entrega total, de ahí el uso de la palabra “holocausto” que, en su significado original, indica una ofrenda que se ha quemado en su totalidad, sin reservarse nada para sí.
Entregar los terneros de un año denota el renunciar a algo sano, inocente, sin tacha, prenda de una prosperidad futura en la multiplicación de los ganados. Luego, el pueblo considera la posibilidad de agradar a Dios, primero a base de la cantidad: “miles de carneros” y “cientos de litros de aceite”.
Por fin, en su desesperación de poder “ganarse” a Dios, ofendido con su pecado, el pueblo pecador sopesa la posibilidad de matar a su primogénito. Alternativa monstruosa que convertiría a Dios en otro baal sanguinario, en un ídolo que añadiría a todos los pecados del pueblo, el de asesinar a un ser querido.
Todo este razonamiento está equivocado. Israel no necesita pagar peaje para ser perdonado, sencillamente, porque ni puede ni tiene que “ganarse” la benevolencia de Dios. El favor y el perdón son regalos de Dios, nos los entrega gratuitamente.
Si nos fijamos, en todo perdón hay un don, fruto de una generosidad primera que nos supera, desborda, precede, acompaña y, gracias a Dios, tendrá la última palabra sobre cada uno de nosotros.




