Padre William Arias 

El filósofo, matemático y físico francés Blaise Pascal, decía que el corazón, y con ello, el ser humano, tiene razones que no llega a entender; con esto exponía que los sentimientos, la dimensión afectiva-emocional del ser humano es tan importante como la racionalidad. Debate fuerte en el mundo hoy, de si nos regimos por la emoción o por la razón, saliendo a relucir que la primera, la emoción, es la que manda hoy. La gente para actuar, no analiza ni piensa mucho, tenemos la impresión y casi la certeza de que lo que gobierna su actuar es la emocionalidad.

Esto también hoy día es llevado al plano religioso, aunque la religiosidad siempre se ha nutrido más de la emocionalidad que de la razón, aunque aquí lo fuerte es la fe. 

Pero hoy día, como todo, en el universo religioso que vivimos dominado en el ambiente protestante, por las agrupaciones pentecostales, y en el ámbito católico, por la Renovación Carismática en el Espíritu Santo, que por cierto, desde la sociología religiosa ambos fenómenos son lo mismo, la emocionalidad anda libre por sus fueros. 

En la mayoría de actos o cultos religiosos se explota el elemento emocional, desde los cantos que escuchamos, pasando por la prédica altisonante y estridente del predicador, junto a los testimonios y experiencias religiosas que hacen llorar y hasta desmayar al más seco y adusto de los participantes. 

El público o la misma comunidad, si no ven en la asamblea expresiones volátiles y de sobresalto, o experimentan ciertas sensaciones corporales, como si fuera un asunto de rating o marketing, no les gusta, ni les atrae. A tal punto, que dicen sentirse tocados en el momento por la fuerza del Señor o su Espíritu, pero al salir de allí se sigue la misma vida, sin ningún tipo de cambio sustancial que ayude a mejorar su entorno o el mismo mundo.

El cristianismo no reniega del elemento emocional, en su justa dimensión, pero va más allá, pues lo nuestro debe encauzarse como espiritualidad vivencial alrededor del mensaje cristiano, que requiere comprensión: razones, y vivencias: emociones. 

Todo confluye en lo que conocemos como la espiritualidad cristiana, que es el seguimiento de Cristo, donde el creyente o participante en la vida de la Iglesia se identifica con todo lo de Cristo, tanto en su dimensión histórica como divina, busca conocerle y hacer un camino existencial, no de un momento, sino de toda una vida, que vaya jalonada y estructurada bajo lo que él vivió y nos pide. 

Lo propio de Cristo fue el reino: Dios como lo principal, por lo tanto el cristiano, pone a Dios en todo lo que piensa, siente y hace, sobre todo el hacer, pues se trata de llevar el mensaje de Cristo a la cotidianidad, al día a día de nuestras vidas, a través de un diálogo-oración diaria con él, nuestra forma de pensar, junto a la manera de relacionarnos con los demás y el mundo, en una comunidad que se llama Iglesia, con acento personal, no individualista.

La emocionalidad en el campo de la espiritualidad tiene sus momentos y ayuda, pero ella no la agota, ni es exclusiva, es solo un aspecto mínimo del gran universo espiritual al cual nos invita el cristianismo. 

Debemos tener cuidado de no caer en la situación en la que muchas personas están cayendo, casi en una dictadura de lo afectivo-emocional. 

La fe en Cristo no es asunto de moda y momentánea, es como ya dijimos, vida en Cristo, identificación total con él, configurando lo que pensamos, hacemos y hasta lo que sentimos.