¿Desierto?

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La Cuaresma siempre nos manda al desierto. Y uno piensa en arena, calor, silencio, serpientes y cuarenta días sin Wifi. Pero la verdad es que el desierto más bravo no tiene montañas de arena. Tiene notificaciones. Porque el mundo —este que caminamos todos los días— es nuestro desierto real, y no porque sea malo en sí mismo, sino porque aquí es donde se decide quién manda en nuestro corazón.

Jesús fue llevado al desierto después de su Bautismo. No antes. Primero el Padre dijo: “Este es mi Hijo amado.” Y después vino la prueba. Eso no es casualidad, nosotros también fuimos bautizados. También escuchamos –aunque no con voz audible– que somos hijos. Y justo ahí empieza el combate. El Enemigo no tienta a desconocidos, tienta a hijos, tienta a quienes tienen identidad.

Las tentaciones de Jesús siguen siendo las mismas, solo que con mejor publicidad: “Convierte estas piedras en pan.”

Hoy suena a: vive solo para lo inmediato, satisface todo ya, que el hambre no espere, llama ese delivery, pidelo por Temu.

“Lánzate desde el templo.”

Traducción moderna: demuestra quién eres, hazte viral, busca aplauso, publica ese video, únete al Trend, grábate ayudando a los pobres, que Dios te respalda.

“Te daré todo si me adoras.”

Versión actual: poder, éxito, influencia… pero sin cruz, sin obediencia, sin Dios en el centro. Solo yo y después yo.

El desierto no era para que Jesús demostrara fuerza, sino para que se reafirmara su fidelidad. Y cada respuesta suya empieza igual: “Está escrito…”

Ahí está la clave cuaresmal. No se combate al Enemigo con discursos motivacionales, sino con La Palabra, con identidad clara y con obediencia humilde.

La Cuaresma no es un teatro espiritual, es un campo de entrenamiento de hijos. Nos recuerda que el Bautismo no fue una foto bonita, sino un cambio de estado: ahora pertenecemos a Dios. Y eso, aunque da dignidad, también trae batalla.

El mundo seguirá tentando, el Enemigo seguirá susurrando, pero si somos hijos, no estamos solos en el desierto, porque el mismo Espíritu que llevó a Jesús, es el que nos sostiene a nosotros, porque somos hijos en el Hijo. Y al final, el desierto no nos destruye.

Nos revela quiénes somos en verdad.

Hasta un próximo encuentro,

Desde el Monasterio.