Por Mary Esthefany García Batista

El sufrimiento, aunque doloroso y muchas veces incomprensible, puede convertirse en una puerta misteriosa hacia el encuentro con Dios.

En medio del dolor, las seguridades humanas se derrumban, las palabras se agotan y solo queda el silencio del alma que clama en lo profundo.

Es allí, en ese espacio de desnudez interior, donde Dios se hace presente de una manera nueva y transformadora.

El sufrimiento nos invita a mirar hacia adentro, a descubrir que no estamos solos en nuestro quebranto. Cristo mismo, que conoció el dolor y la cruz, nos acompaña desde dentro de nuestras heridas. En Él, el sufrimiento deja de ser un castigo para transformarse en un camino de amor redentor.

Cuando nos unimos a su cruz, encontramos consuelo, sentido y esperanza. “Mi gracia te basta, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” — 2 Corintios 12:9

En la fragilidad humana se revela la fuerza divina. Cuando reconocemos nuestras limitaciones, abrimos espacio para que el poder sanador de Dios obre en nosotros.

Oración:

Señor, enséñanos a descubrirte en medio del dolor. Que cada sufrimiento sea ocasión de encuentro contigo, fuente de consuelo y camino hacia una fe más profunda. Danos la gracia de confiar en tu amor, incluso cuando todo parece oscuro. Amén.