El poder de la presencia silenciosa como forma de evangelización

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Mary Esthefany García Batista

A veces las palabras sobran. En los momentos de dolor, de pérdida o de duda, lo que más consuela no es lo que se dice, sino la presencia serena de alguien que simplemente está.

La presencia silenciosa tiene un poder profundo: comunica amor, comprensión y fe, sin necesidad de discursos. Es el lenguaje del corazón, donde Dios se hace presente a través de nuestra mirada, de un gesto, de un silencio compartido.

Evangelizar no siempre significa hablar de Dios; muchas veces significa ser presencia de Dios.

Cuando acompañamos desde el silencio atento, permitimos que el otro sienta el amor divino que habita en nosotros.

Es un silencio lleno de respeto, que no impone, sino que abraza; que no explica el sufrimiento, pero lo comparte.

En ese silencio habitado, Dios susurra al alma del que sufre y también a la del que acompaña.

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.” — Salmo 46:10

En el silencio se revela el misterio divino. Cuando callamos ante el dolor, damos espacio a Dios para hablar al corazón, sanando sin ruido y transformando sin palabras.

■ Oración: Señor, enséñanos a acompañar con silencio lleno de amor. Que nuestra presencia sea reflejo de tu ternura, consuelo para quien sufre y signo vivo de tu paz. Haznos instrumentos de tu amor callado y fiel. Amén.