Mary Esthefany García Batista
Acompañar a un enfermo en su último tramo de vida, es una experiencia profundamente humana y espiritual. El corazón se estremece ante la partida de quien hemos cuidado y amado, pues cada despedida deja un eco de dolor. Sin embargo, en medio de esa tristeza surge una luz
de esperanza: la fe en la vida eterna.
Conversando con una compañera del servicio, reflexionábamos que, gracias a esta fe, el adiós no es el final, sino el comienzo de un nuevo encuentro.
Muchas personas piensan que la muerte es la nada, un vacío sin retorno. Pero quienes
creemos en Dios sabemos que es un paso hacia un lugar donde veremos al Señor cara a cara.
La fe es un don que se cultiva cada día, especialmente cuando el sufrimiento toca nuestra
puerta. En los momentos de pérdida, todo se replantea, y solo quien ha vivido en comunión
con Dios puede mantenerse firme.
Como dijo Job: “De oídas te conocía, pero ahora mis ojos te han visto” (Job 42:5). Esta
experiencia de encuentro con el Resucitado transforma el miedo en esperanza y el dolor en
amor confiado.
Oración:
Señor, en medio del dolor y la despedida, fortalécenos en la fe. Haz que nuestros corazones
crean firmemente en tu promesa de vida eterna. Que al acompañar a quienes parten, sepamos
ver en ellos el reflejo de tu amor y la certeza de tu presencia. Amén.




