reverent man in silhouette with arms raised at dusk (XXL)

Eduardo M. Barrios, S.J.

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Ya hace treinta y dos años que el Papa San Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial de Oración por los Enfermos. Escogió el 11 de febrero por ser el día de Nuestra Señora de Lourdes, a cuyo santuario de Francia acuden tantos peregrinos enfermos, en busca de salud física y espiritual.

Lourdes rivaliza con otros lugares atractivos para las peregrinaciones, tales como Roma, Santiago de Compostela, Fátima y Guadalupe.

Los Papas siempre proponen un lema para tan encomiable jornada. Este año el Papa León XIV ofrece el siguiente: “La compasión del samaritano: Amar llevando el dolor del otro”.

Toda persona medianamente culta sabe que “buen samaritano” se refiere a todos aquellos que ayudan al caído. Socorren a heridos, enfermos, huérfanos, viudas, pobres y toda clase de marginados. Muchos ignoran que el origen del nombre se encuentra en una parábola exclusiva del evangelio de San Lucas, capítulo 10, versos 30 al 37.

En varias partes del mundo existen hospitales llamados El Buen Samaritano. Por ejemplo, el Centro Médico Buen Samaritano de West Palm Beach, y el Hospital Buen Samaritano en Aguadilla, Puerto Rico.

El interés por el bienestar de los enfermos pertenece a las obras de misericordia corporales. Y también aparece en el examen del juicio final. A quienes visitaron a los enfermos, el divino juez, justo y misericordioso, les dirá: “Vengan Ustedes, benditos de mi Padre, hereden el reino preparado para Ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 34).

Hay enfermos muy bien atendidos por médicos y enfermeros, pero sufren mucho por el aislamiento y la soledad. De ahí la importancia de visitar a los enfermos o de llamarlos por teléfono para que se sientan acompañados.

No podemos dividir radicalmente a la humanidad entre sanos y enfermos. Todos pertenecemos a la categoría de enfermos en cuanto que no existe nadie que nunca se haya enfermado; el tema de la enfermedad incumbe a todos. Y cuando avanza la edad, los achaques se agravan y la vida se convierte en subida hacia el Calvario.

Las personas con fe religiosa rezan cuando se enferman y también cuando enferman sus seres queridos, sean familiares, amistades o bienhechores.

Un joven le preguntó a un anciano sacerdote si rezaba por sí mismo cuando se sentía enfermo. A lo que respondió el interpelado: “Sí, yo le pido a Dios que me conceda salud conveniente”. Sabia respuesta, pues sólo Dios sabe qué grado de salud le conviene a uno. San Claudio la Colombiére enfermó de los pulmones joven, y de eso murió. Decía que le agradecía a Dios haber enfermado, por el mucho bien espiritual que experimentó desde que había caído enfermo.

Dios nos dotó del instinto de conservación, y por eso nada tan natural como desear curarse cuando uno se enferma o sufre un accidente.

Pero las personas con fe religiosa deben tener presente que algún día llegará lo que se conoce como “última enfermedad”. El cuadro clínico llega a mostrar que el paciente está desahuciado.

Entonces hay que apelar a los cuidados paliativos que le hagan al paciente más llevadera la despedida. Hay un servicio para esos pacientes en el hogar, que en inglés le dicen hospice. El ex presidente Jimmy Carter, hombre muy cristiano, pidió que no los hospitalizacen más, sino que los cuidasen en su casa, bajo régimen de hospice.

No hay más remedio que contar con la pérdida irreversible de la salud física, y buscar mejor la salud espiritual al final de nuestra peregrinación terrenal. 

Nos consuelen aquellas palabras de San Pablo: “Aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2Cor 4, 16).