Mary Esthefany García Batista
Es sorprendente descubrir cómo, al acompañar espiritualmente a los enfermos, son ellos quienes terminan evangelizándonos. Recuerdo a un paciente de ochenta y tres años que, con voz serena y corazón agradecido, me dijo: “A mis ochenta y tres, ¿qué más tengo que agradecer, sino el favor de la vida?”. Sus palabras nos recuerdan que solo quien tiene un alma sencilla y humilde puede reconocer la presencia de Dios incluso en medio del dolor.
La Palabra de Dios nos enseña: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Este versículo ilumina la realidad de que, tras cada lucha, podemos optar por ver o no ver a Dios. La humildad, lejos de ser debilidad, es una fuerza que nos permite aceptar con serenidad aquello que no comprendemos y confiar plenamente en el amor divino.
En una sociedad que exalta el éxito, la autosuficiencia y el tener, la enfermedad nos devuelve a la verdad de nuestra fragilidad. Allí comprendemos que no somos dueños de nada, sino receptores de un amor inmenso que nos sostiene. Jesús mismo se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, enseñándonos que solo el corazón humilde puede acoger la plenitud de Dios.
Oración: Señor, concédeme un corazón sencillo y agradecido. Enséñame a verte en cada situación, especialmente en la debilidad y el sufrimiento. Que, como Jesús, sepa reconocer tu bondad en todo momento y vivir con alegría el don de la vida. Amén.




