Una revelación que camina con el pueblo

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Padre Jimmy Drabczak

La Iglesia vive estos días con una luz espiritual: la revelación de Dios que se hace camino compartido. No es casualidad que el Bautismo del Señor, la Epifanía, las Bodas de Caná y la fiesta de Nuestra Señora de la Altagracia —cuya novena inicia el 12 de enero— confluyan en una misma dinámica.

Todas estas celebraciones anuncian a un Dios que no se manifiesta desde la distancia, sino caminando con su pueblo. Ahí está el corazón del lema del año: Bautismo y sinodalidad.

En la Iglesia antigua, “Epifanía” abarcaba tres manifestaciones del Señor: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús en el Jordán y el signo de Caná. Son escenas distintas, pero con un mismo estilo: Dios no se impone, se ofrece; no domina, acompaña; no actúa solo, entra en la vida real para levantar al ser humano.

El Bautismo del Señor es una revelación central. Jesús entra en las aguas no por pecado, sino para solidarizarse con la humanidad e inaugurar su misión. El cielo se abre, el Espíritu desciende como paloma y el Padre lo proclama Hijo amado. No es poder para controlar, sino comunión para salvar. Desde el Jordán se entiende que la fe no es un camino individualista: Cristo comienza su obra en medio del pueblo y formando comunidad.

Ese mismo modo de revelarse aparece en el Evangelio del día de la Altagracia (Lc 1,26-38). Dios inicia su obra con un diálogo: envía al ángel Gabriel a María. El ángel no obliga ni sustituye la libertad; anuncia, escucha y espera. La revelación de Dios abre caminos, no los impone. Por eso la presencia de los ángeles no es decorativa: ellos sirven al encuentro. 

En la Epifanía orientan la búsqueda; en la Anunciación acompañan la decisión; en el Bautismo evocan el cielo abierto; y en Caná custodian el paso discreto de Dios en lo cotidiano.

La Virgen de la Altagracia, tan arraigada en el corazón dominicano, es imagen viva de una Iglesia bautismal y sinodal. María escucha, discierne, pregunta y responde. Su “hágase” no es un gesto aislado, sino el inicio de un camino que recorrerá con José, con su Hijo y con la comunidad creyente. Ella acompaña sin imponerse y conduce hacia Cristo, como madre que educa en la fe.

Las Bodas de Caná completan la revelación. Jesús se manifiesta en una fiesta sencilla y comunitaria. María observa, intercede y orienta: “Hagan lo que Él les diga”. El signo sucede en clave sinodal: todos colaboran, nadie actúa solo y la alegría se comparte; así se aprende que la gracia de Dios no empobrece la vida, sino que la llena de sentido.

Desde esta luz, el Bautismo cristiano revela su grandeza: no es solo un rito inicial, sino la puerta de entrada a un pueblo que camina unido. Nos injerta en Cristo y nos incorpora a una familia espiritual donde nadie se salva solo. Y la prueba de esa pertenencia no es solo “saber” cosas de Dios, sino amar como hijos: amar al Padre se verifica amando a sus hijos y viviendo sus

mandamientos con la fuerza del Espíritu.

Al comenzar la novena de la Altagracia, renovemos esta certeza: Dios sigue revelándose hoy, no por imposición, sino por encuentro; no por soledad, sino por camino compartido, guiados por el Espíritu.