La virtud de compartir 

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En el patio se comparte

lo que da la bendición,

sin medir la proporción

ni calcular cada parte.

Dar también es elevarte

(un legado del ayer)

no es tener: sino ofrecer

con la mano y la mirada

la cosecha es más sagrada

si alcanza pa’ socorrer.

Del conuco al vecindario

va el aguacate sincero,

el plátano mañanero

y el buen mango hospitalario.

Nada sobra de ordinario

en la mesa campesina;

pero hay una gallina

si la precisa un vecino,

o aquel que a la casa vino

en visita repentina.

Esa herencia solidaria,

aunque el tiempo la adelgace,

vive aún porque renace

el alma comunitaria.

Es costumbre legendaria

remanente del ayer:

es la forma de entender

que el pan sabe diferente

si lo comparte la gente

(¡Con Dios!) como debe ser.

Y aunque hoy sea más escasa

esa antigua comunión,

late fiel la tradición

que pervive en cada casa.

Que una nación no fracasa

mientras sepa compartir

sentimientos repartir:

dignidad, calor y abrazo,

y en ese simple pedazo

va una forma de existir.