BEN SIRÁ: SABIDURÍA DE LA VIDA 

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados. (Eclesiástico 3, 2-6. 12-14)

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La primera lectura de este domingo está tomada del libro del Eclesiástico, denominación que se puede traducir como “el libro de la asamblea”. Recibió este nombre porque era muy utilizado en la antigüedad para la formación de los nuevos cristianos. Ya san Cipriano (S. III) lo conocía por ese nombre. En nuestros días se ha querido recuperar su título original: “Sabiduría de Ben Sirá”. Este título se suele abreviar llamándolo simplemente “Ben Sirá” o “Sirácida”. Es el único libro del Antiguo Testamento que lleva la firma de su autor: Jesús Ben Sirá (Jesús, hijo de Sirá). Se trata de un sabio judío de alrededor del año 200 a. C., que quiso proporcionar a la juventud una especie de manual de buena conducta para “saber vivir”, al estilo del programa educativo de los griegos conocido como paideia (“educación”, “instrucción”). Su gran innovación pudo haber identificado la Sabiduría con la Ley de Moisés.

Desde su juventud, Ben Sirá fue un infatigable buscador de la sabiduría. Él mismo ha dejado su testimonio en el libro que lleva su nombre: “desde mi juventud seguí sus huellas…; la pedí, la busqué hasta el último día…; la he buscado ardientemente” (51, 13-22). Ese interés por alcanzar la sabiduría, hicieron que aprendiera a vivir la vida como un diálogo permanente de su corazón con la realidad. Parece que el haber tenido la oportunidad de viajar mucho le ayudó en su propósito: “El que ha viajado mucho sabe muchas cosas…; muchas cosas he visto en mis viajes” (34, 9-17); “el que viaja por tierras extranjeras, experimenta lo bueno y lo malo de los hombres” (39,4). Pero además tiene una convicción: la fuente última y definitiva de la sabiduría es Dios. Comienza el libro con una especie de prólogo que deja clara esa certeza: “toda sabiduría viene de Dios. Uno solo es sabio…; es el Señor quien creó la sabiduría y la derramó sobre todas sus obras…; a los que le aman se la regaló” (1,1-10).

En efecto, el libro de Ben Sirá o “Eclesiástico” intenta ser una propuesta de “sabiduría de la vida”. Aún más, sostiene que la sabiduría es para la vida (51, 18-22). Reivindica, así, el carácter práctico de la sabiduría. Por eso hay que amarla, buscarla y darle entrada en la propia existencia. Alcanzada la madurez nuestro autor se sintió llamado a ser “maestro de vida” para los demás. He aquí su propio testimonio: “Haré que mi enseñanza brille como la aurora…; derramaré mi enseñanza como profecía; las transmitiré a las generaciones futuras…” (24, 32-34; 33, 16-19). Tal vez haya sido ese interés el que lo llevó a crear, posiblemente, una especie de academia para jóvenes en Jerusalén, y que hoy también gocemos de sus enseñanzas en el libro que se nos ha legado bajo su nombre.

Gracias al deseo que tiene Ben Sirá por ser “maestro de vida” hoy podemos leer en el texto que encabeza esta página la siguiente sentencia: “Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole”. Además de todos los consejos que le siguen en cuanto a la relación de los hijos con sus padres. Pero, ¡cuidado!, su libro no es un recetario. En el Eclesiástico se insiste en cuidar el corazón, vigilar las propias actitudes, la vivencia de los valores y los sentimientos que se deben cultivar en la relación con Dios y con los demás, para alcanzar una vida lograda. De ahí que recalque la importancia del “temor de Dios” como fuente de sabiduría, confianza y esperanza (solo Dios es Dios); al mismo tiempo que insiste en mantener vivo el amor a esta vida y las buenas relaciones con los demás, empezando por la relación filial.