Amor maduro e inmaduro de cara al matrimonio

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Durante el mes de noviembre la Iglesia dedica una especial atención a reflexionar sobre la familia, “bien decisivo para el futuro del mundo y de la Igle­sia” como nos lo ha re­cordado el Papa Fran­cisco en su Exhortación Apostólica Post- Sino­dal Amoris Laetitia. En este complejo contexto de nuevos y enormes desafíos para el matrimonio y las familias en general, y los matrimonios y las familias do­minicanas en particular,  se inscriben nuestras colaboraciones del presente mes en “Camino”.

Y es natural que al pensar en las familias nuestras primeras refle­xiones se centren en la pareja, en el matrimonio, por ser la columna vertebral sobre la que descansa el futuro edificio. Y es por ello que durante nuestros en­cuentros formativos con líderes de la Pastoral Familiar insistimos continuamente en la necesidad de que en el proceso de preparación de las parejas para el matrimonio se gestione la colaboración experta para que, además de los elementos imprescindi­bles de espiritualidad matrimonial, se trabaje con ellas proporcionándoles herramientas que con base en las ciencias humanas les ayuden a afrontar con éxito los diversos retos que les esperan en su vida de casados y de cara a la formación integral de sus hijos.

Van aquí algunas, sin ser, ni mucho menos, limitativas,

 

1.- El matrimonio es donación mutua y no egoísmo mutuo.

 

Un gran estudioso de la condición humana, el gran psicoanalista y so­ciólogo Aleman- Norte­americano Erich Fromm, definió hermo­samente el amor como “la preocupación activa por la vida y el creci­miento de lo que ama­mos”. El amor verdade­ro hacia nuestra pareja nos ha de llevar a pro­piciar que ella crezca en todas las dimensiones de la existencia. En mu­chas parejas parecería como si se estableciera una relación ganar-per­der, donde para que uno crezca el otro tiene que apocarse, dismi­nuirse, ser ignorado en sus sentimientos. Por ahí no va el amor auténtico.

Fromm estableció una hermosa y profunda distinción entre el amor maduro y el amor inma­duro. El amor maduro lo definió como “amor oblativo”, aquel en el cual, como el vocablo lo sugiere, entregamos todo lo que somos y tenemos para que el otro sea feliz. Si fuéra­mos a definir el amor maduro o “amor oblativo” con una frase, se di­ría “te necesito porque te amo”. Es decir, no he forjado un proyecto de vida contigo para que suplas mis carencias emocionales y afectivas, mis egoísmos y mis caprichos, sino, todo lo contrario, para dar lo mejor de mí con el pro­pósito de que seas más y seas mejor.

Cabe aquí recordar a Maurice Blondel: “el amor es, ante todo, lo que hace ser”.

Cuando una pareja piensa y actua desde esta perspectiva se ge­nera un círculo virtuoso de interrelación que conduce a la felicidad, la cual no es nunca punto de partida sino de llegada. Es el resultado de dar sin medida, sin cálculos egoístas.

Por el contrario, el amor inmaduro, conforme lo define Fromm, es el “amor captativo”, es decir, como el vocablo lo sugiere, es un amor egoísta y posesivo, que sólo ve en el otro un instrumento, un medio para satisfacer los propios gustos y caprichos.

Si el amor oblativo o amor maduro se condensa en la frase “te necesito porque te amo” el amor captativo o amor inmaduro se resu­me en la frase contraria: “te amo porque te ne­ce­sito”. Ya no es la entrega, sino la búsqueda interesada de mi propio bien a través del otro. Se finge amar pero en realidad lo que en el fondo se procura es po­seer e instrumentalizar la relación.

Sobre esta diferencia se torna necesario llamar poderosamente la atención en el mundo en que vivimos para alertar y preparar mental, emocional y espiritualmente a quienes piensan formar pareja, parejas re­cién formadas y, desde luego, también las parejas ya adultas. La rela­ción de pareja que conduce al proyecto del matrimonio debe pasar por esta reflexión, por esta necesaria asimila­ción de lo que el amor significa en su verdade­ro alcance y sentido.

El destacado psiquia­tra español Enrique Rojas en su ya clásico libro “El hombre light”, en el mismo espíritu de lo planteado por Fromm, nos recuerda que “el amor humano es un sentimiento de aprobación y afirmación del otro por el que nuestra vida tiene un sentido de bús­queda y deseo de estar junto a la otra persona… amar a otra persona es desearle lo mejor, mirar por ella, tratarla de for­ma excepcional”.

La raíz de muchos fracasos en la vida ma­trimonial; de la ruptura a destiempo de matrimonios que parecieron comenzar con los mejo­res augurios se explica, en gran medida, por el desengaño de pensar que el mismo se forma sólo para recibir y no para dar. Se va entonces con las manos y el cora­zón vacío a recibir lo que el otro me dará y si con esa lógica va también el compañero y compañera imaginémo­nos en qué se convierte la relación: en un im­productivo pugilato de egoísmos disfrazados.

¿Cómo puedo, pues, dimensionar si estoy amando a mi pareja verdaderamente? Sencilla­mente si con acciones concretas le  demuestro  que su vida y su creci­miento me importan; que sus sentimientos y sus tristezas, sus gozos y sus alegrías me im­portan; que sus temores, sus fatigas, su dolor y sus proyectos me im­portan. Entonces ya no serán los suyos sino los “nuestros”.