En aquellos días, el Señor dijo: “La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.” Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?” El Señor contestó: “Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.” Abrahán respondió: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?” Respondió el Señor: “No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.” Abrahán insistió: “Quizá no se encuentren más que cuarenta.” Le respondió: “En atención a los cuarenta, no lo haré.” Abrahán siguió: “Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?” Él respondió: “No lo haré, si encuentro allí treinta.” Insistió Abrahán: “Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?” Respondió el Señor: “En atención a los veinte, no la destruiré.” Abrahán continuó: “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?” Contestó el Señor: “En atención a los diez, no la destruiré.” (Génesis 18, 20-32)

Otro texto que tiene como protagonista a Abraham. Es un pasaje en el que el patriarca saca fuera el árabe que lleva dentro. Me gusta llamarlo el relato del regateo. Abraham aparece aquí intercediendo por dos ciudades: Sodoma y Gomorra. Dos ciudades destruidas por un fuego celestial después de haber sido condenadas por Dios. Han pasado a la historia como imagen de los pueblos cuyos habitantes viven de manera disoluta. “Ser destruido como Sodoma y Gomorra” es una expresión que todavía hoy se usa para hablar del destino que le espera a los que son incapaces de cambiar de conducta. En el libro del Génesis el rechazo de estas dos ciudades (cap. 18-19) aparece en contraposición con la elección de Israel (cap. 15 y 17).

En efecto, la destrucción de Sodoma y Gomorra constituye una unidad literaria que abarca los capítulos 18-19 de Génesis. El problema esencial en este relato es la justicia divina. ¿Sería justo que Dios castigue indiscriminadamente a justos y culpables? La pregunta que Abraham dirige a Dios lo deja claro: “¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable?” Y más abajo: “El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?” Esta pregunta, además, revela el atrevimiento del patriarca: es capaz de discutir con Dios su manera de pensar y la posible decisión que de ella se desprende. Pide a Dios que sea un Dios justo. Es interesante que no le pida el perdón ni ninguna gracia especial para los habitantes de aquellas ciudades, simplemente le pide justicia imparcial. Y la pide no para sí, sino para otros.

 ¿Cuál es, en concreto, la maldad que motiva la destrucción? Una de ellas parece ser la falta de hospitalidad hacia los extranjeros. ¡Todo lo contrario al relato de la semana pasada donde aparecía Abraham acogiendo espléndidamente a tres desconocidos forasteros! En ocasiones se ha alegado que el motivo de la destrucción se debió a una falta sexual y se ha relacionado con la homosexualidad. Los que así piensan se fundamentan en lo que dice Gn 19, 5: “Llamaron [los sodomitas] a Lot y le dijeron: “¿Dónde están los hombres que han venido adonde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos”. Es que Lot había dado alojamiento a unos forasteros que se habían presentado a su puerta. Es cierto que el versículo habla de “abusar” de ellos, pero no debe considerarse solo en el sentido sexual, sino que también podría referirse a someter a malos tratos. Y en caso de que se insista en el sentido sexual de la expresión no se estaría aludiendo al ejercicio regular de la homosexualidad, sino a una violación llevada a cabo por una pandilla. También aquí sería una manera de rechazo al forastero. Estamos ante una forma de “violencia generalizada y el avasallamiento de la dignidad de la persona”.

Sea cual sea el motivo de la destrucción de estas ciudades, nos encontramos a Abraham intercediendo, regateando insistentemente, por ellas. El patriarca no quiere que Dios, con quien acaba de hacer una alianza, aparezca como un Dios injusto. Detiene su regateo al plantear la posibilidad de que haya diez justos porque es la unidad más pequeña que salvará toda la ciudad. Si estos fueran menos, entonces serían salvados uno por uno. Fue lo que exactamente sucedió porque solo se salvaron cuatro: Lot, su esposa y sus dos hijas. “Esta intercesión revela el carácter personal de Dios, su disposición a oír al ser humano y su voluntad de dialogar sobre los sentimientos de quien se dirige a él. Para los lectores de este texto en tiempos antiguo, era una afirmación de la buena voluntad de Dios hacia su pueblo, representado por Abraham” (Pablo R. Andiñach).