La custodia de los Ángeles 

0
8

La liturgia, encuentro del cielo y de la tierra

Camino de preparación para la Gran Consagración a San Miguel Arcángel

Jimmy Drabczak

Cuando participamos en la Santa Misa, podemos pensar que estamos reunidos solamente con las personas presentes en el templo. Sin embargo, la fe de la Iglesia nos revela algo mucho más grande: en cada celebración litúrgica, el cielo y la tierra se unen para glorificar a Dios. No estamos solos. Los ángeles y los santos participan con nosotros en la alabanza al Señor.

El papa Benedicto XVI enseñaba que la liturgia no es una obra exclusivamente humana. Dios nos introduce en la gran oración de toda la Iglesia, que abraza el cielo y la tierra. Por eso, cada Eucaristía es ya una anticipación de la liturgia eterna del Reino de los cielos.

Esta verdad aparece claramente en la Sagrada Escritura. El profeta Isaías contempló a los serafines proclamando: «Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos» (Is 6,3). También san Juan, en el Apocalipsis, describe a los ángeles y a los santos adorando al Cordero. Por eso, cuando durante la Misa cantamos el Santo, nuestra voz se une al coro celestial que alaba a Dios sin cesar.

La Iglesia habla así de una verdadera liturgia celestial. La Iglesia peregrina en la tierra se une a la Iglesia gloriosa del cielo en un único acto de adoración.

La liturgia del 29 de septiembre, fiesta de los Santos Arcángeles, expresa bellamente esta realidad. En la oración colecta pedimos a Dios que nuestra vida sea protegida en la tierra por aquellos que continuamente le sirven en el cielo. 

Los ángeles contemplan el rostro de Dios y, al mismo tiempo, cumplen la misión que Él les confía de acompañarnos y protegernos. También, el Prefacio de los Ángeles nos recuerda que toda auténtica devoción angélica conduce siempre a Dios. 

Los ángeles no buscan ocupar el lugar del Señor ni atraer hacia sí mismos nuestra atención. Son servidores de Dios, mensajeros de su voluntad y ministros de su providencia.

Por eso, cuando veneramos a San Miguel Arcángel, no lo colocamos en el lugar de Dios. Al contrario, damos gracias al Señor por habernos concedido su protección y su ayuda.

El beato Bronislao Markiewicz comprendió profundamente esta espiritualidad. Meditaba constantemente el grito de San Miguel: «¡Quién como Dios!». Para él era un verdadero programa de vida: «Dios, sobre todo. Yo nada soy; menos que nada. Dios por encima de los intereses de la congregación, de la patria, de la familia y de los propios.»

Aquí encontramos el corazón de la espiritualidad miguelita: poner a Dios en primer lugar. La verdadera devoción a San Miguel no consiste solamente en recitar oraciones, sino en aprender de él a reconocer que nadie es como Dios y que toda nuestra vida debe conducirnos hacia Él.

La Iglesia ha enriquecido también su vida espiritual con distintas prácticas de piedad: la Letanía de San Miguel Arcángel, la Coronilla Angelical, la Coronilla de Alabanza a Dios, novenas y otras oraciones tradicionales. Estas devociones no sustituyen la liturgia ni los sacramentos, sino que ayudan a prolongar su gracia en nuestra vida diaria.

Vividas con fe, fortalecen nuestra confianza en Dios y nos recuerdan que no caminamos solos. Los ángeles nos acompañan, nos ayudan en el combate espiritual y nos orientan continuamente hacia el Señor.

De manera especial, la oración a San Miguel Arcángel ocupa un lugar privilegiado en nuestro Santuario San Miguel Arcángel. Al rezarla, pedimos al Príncipe de la Milicia Celestial que proteja a la Iglesia, defienda nuestras almas y nos ayude a permanecer firmes frente al mal. Terminemos haciendo nuestra esta súplica:

Dios eterno y todopoderoso, que constituiste a San Miguel Arcángel como defensor de la Iglesia y guardián del paraíso, concédenos, por su poderosa intercesión, la gracia de servirte fielmente en esta vida y alcanzar un día la gloria eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.