Hay símbolos que hablan sin necesidad de muchas palabras. Para nosotros los cristianos, ninguno dice tanto como la Cruz. El 14 de septiembre, la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz; y apenas un día después, el 15, celebra a Nuestra Señora de los Dolores. Dos fechas consecutivas, dos miradas diferentes y una misma historia: la del amor que no abandona.
La celebración de la Cruz nos lleva hasta Jerusalén, al siglo IV. La tradición relaciona esta memoria con Santa Elena, madre del emperador Constantino, quien peregrinó a Tierra Santa y promovió la búsqueda y veneración de los lugares donde Jesús vivió su pasión, muerte y resurrección. También está vinculada a la dedicación de las grandes basílicas construidas en Jerusalén sobre estos lugares santos.
Pero hay algo importante: los cristianos no celebramos la Cruz porque nos guste sufrir, sería absurdo, celebramos lo que ocurrió en ella. Lo que era un instrumento de muerte se convirtió, por Cristo, en el mayor signo de amor, perdón y esperanza.
Al día siguiente, junto a esa Cruz, encontramos a María. El 15 de septiembre, Nuestra Señora de los Dolores nos presenta a una Madre que conoce el sufrimiento de cerca. María vio a su Hijo rechazado, condenado y crucificado. No tuvo explicaciones fáciles ni una vida libre de lágrimas, pero permaneció. Y esa quizás sea una de las lecciones más grandes de esta celebración: amar también significa permanecer, incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Hoy en día el mundo nos invita a escapar de todo lo incómodo, todo aquello que sea sinónimo de Cruz y María nos propone algo distinto: enfrentar la vida con fe, sin perder la esperanza. La Cruz no fue el final de la historia, y nuestros momentos difíciles tampoco tienen porqué serlo.
El 14 miramos a Cristo en la Cruz. El 15 miramos a María junto a ella. Y ambos nos recuerdan que el amor verdadero nunca abandona.
Hasta un próximo encuentro
Desde el monasterio




