Fiordaliza Nuñez
Directora Escuela de Derecho UCATECI
Segunda parte
Aclaro algo importante: bajo ningún concepto pretendo dar una charla motivacional, y mucho menos que estas palabras se interpreten como una terapia o como una fórmula para alcanzar la felicidad.
Simplemente quiero compartir parte de mis vivencias, de las cosas que he aprendido en el camino y de aquello que procuro aplicar cada día en mi vida y que, desde mi experiencia personal, me ha dado buenos resultados.
Cada persona vive sus propios procesos, enfrenta sus propias luchas y encuentra su manera particular de seguir adelante. Lo que comparto hoy no pretende decirle a nadie cómo debe vivir, sino compartir, desde mi propia experiencia, la convicción de que siempre podemos encontrar razones para seguir soñando, esperando y valorando las cosas bonitas que la vida todavía puede ofrecernos.
Y en ese camino, la fe también puede convertirse en nuestra mayor fuente de esperanza. Porque nuestras ilusiones y nuestros sueños, aunque nazcan de los deseos de nuestro corazón, deben ser puestos siempre en las manos de Dios, confiando en que Él conoce nuestros anhelos y sabe qué es lo mejor para nuestras vidas.
El Salmo 37:4-5 nos recuerda precisamente esto: “Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda al Señor tu camino, y confía en él; y él hará”.
Qué hermoso mensaje para esos momentos en los que tenemos una ilusión en el corazón y no sabemos cuándo ni cómo llegará.
Encomendar nuestro camino a Dios no significa dejar de soñar; significa aprender a soñar con fe, trabajar por aquello que deseamos y confiar en que, al final, su voluntad será siempre nuestro mejor destino.
Por eso, busquemos nuestra ilusión. No esperemos que alguien venga a traérnosla. Miremos dentro de nosotros y también a nuestro alrededor. Preguntémonos qué nos hace felices, qué queremos alcanzar, con quién queremos compartir, qué lugares queremos conocer y qué recuerdos queremos construir. Porque cuando tenemos una ilusión, tenemos un motivo para levantarnos. Y cuando tenemos un motivo para levantarnos, la vida adquiere un sentido diferente.
Que nunca nos falte una ilusión que nos haga mirar al mañana con esperanza, que nos permita disfrutar el presente y que, al recordar el pasado, nos haga decir con gratitud: ¡Qué bonito ha sido vivir!
Y que, mientras caminamos hacia aquello que soñamos, nunca olvidemos poner nuestros caminos en las manos de Dios, confiar en Él y seguir adelante con la certeza de que todavía nos quedan muchas cosas bonitas por vivir.


