Primera parte
Padre Eduardo Núñez Collado
Durante el verano de 2026, nuestra Arquidiócesis de Santiago de los Caballeros vive uno de los procesos habituales en la vida de la Iglesia: el envío de sacerdotes a nuevas comunidades y la asignación de responsabilidades pastorales.
Cada nueva misión nos recuerda que la Iglesia no camina guiada por intereses humanos, sino bajo la acción del Espíritu Santo, quien conduce a su pueblo a través del ministerio del obispo, sucesor de los Apóstoles y pastor propio de esta Iglesia particular.
Quienes hemos abrazado el sacerdocio sabemos que detrás de cada envío hay un profundo acto de fe y de obediencia. El sacerdote no se envía a sí mismo, sino que es enviado por la Iglesia. El obispo, después de discernir las necesidades pastorales de la diócesis, confía a cada presbítero una misión concreta, convencido de que allí podrá servir mejor al Pueblo de Dios.
Algunos son enviados como párrocos, otros como administradores parroquiales, vicarios o responsables de distintas áreas pastorales. En este sentido, cambian los lugares, las comunidades y las responsabilidades, pero la misión permanece siempre: anunciar a Jesucristo, celebrar los sacramentos y acompañar la vida de fe del pueblo que el Señor pone en nuestro camino.
He comprobado, a lo largo de mi servicio como sacerdote, que cada cambio pastoral termina siendo una gracia de Dios. Humanamente, nunca es fácil despedirse de una comunidad donde se ha amado y se ha sido amado. Se dejan rostros, familias, historias compartidas, proyectos construidos con esfuerzo y vínculos que permanecen para siempre en el corazón del sacerdote. Pero, al mismo tiempo, se abre una nueva puerta para seguir sirviendo con la misma alegría y con el mismo entusiasmo del primer día.
En mi experiencia sacerdotal, después de casi veinticinco años recorriendo distintas parroquias y comunidades, puedo afirmar que ninguna misión ha sido igual a otra. Cada una ha tenido sus desafíos, sus alegrías y sus enseñanzas. En todas he descubierto el rostro de Cristo presente en la sencillez de los fieles, en la entrega silenciosa de tantos servidores, en la fe de los enfermos, en el entusiasmo de los jóvenes y en la perseverancia de nuestras familias.

Padre Saulio

Padre Agustin



