Juan Guzmán

Primera parte

La Cordillera Septentrional está en la atención pública por diferentes temas: las concesiones mineras, los proyectos viales y otros de relevancia por su visibilidad pública, por los intereses que los rodean y por las tensiones sociales y ambientales que están generando. 

Sin embargo, además de la amenaza sísmica severa y latente que representa la Falla Septentrional, existe otra realidad que avanza de manera discreta y que rara vez ocupa espacios en los medios. 

Una realidad que está transformando la cordillera de forma profunda y posiblemente irreversible. 

La montaña lleva décadas en un proceso de deterioro estructural, hidrológico, ecológico y paisajístico que se oculta bajo la apariencia de desarrollo, progreso o aprovechamiento económico. 

Uno de esos procesos es la minería artesanal del ámbar, resina fósil cuyo nombre incluso ha sido asociado a proyectos viales y a la identidad cultural de la región. 

Durante décadas, la extracción artesanal y mecanizada ha perforado sectores completos de montaña sin una planificación clara ni una supervisión proporcional a los riesgos que implica. 

Bajo muchos de estos parajes existe una compleja red de túneles que ha dejado ingresos económicos para algunas familias y para comerciantes nacionales e internacionales de la resina, pero también accidentes, pérdidas humanas y una estructura montañosa debilitada. 

Un ejemplo de ello se encuentra en la comunidad de Los Cacaos, próximo a la carretera turística en La Cumbre. 

Allí, generaciones de mineros han abierto galerías subterráneas en busca de ámbar. 

El comentario de un residente: “Si tiembla duro, se cae el monte y queda esto llanito”; al referirse a la cantidad de túneles existentes bajo algunas laderas, ilustra la percepción y alcance de lo que allí ocurre. 

Otro fenómeno que avanza sin oposición y con mucho menos escrutinio público es la urbanización acelerada. Es cada vez más frecuente ver a la distancia construcciones levantándose sobre laderas y cumbres, impulsadas por el atractivo de las vistas panorámicas y ese sentido de estatus que dan las alturas, sin meditar sobre el costo ambiental de esa expansión.

Un caso particularmente preocupante es el del caso llamado “Alto de la Monja”, una formación localizada entre Tamboril y Arroyo del Toro. Allí ocurre y se distribuye una parte de la recarga hídrica que alimenta las aguas que descienden por Sierrecita hacia Gurabito de Yaroa y posteriormente a la microcuenca del río Sonador, afluente del río Yásica.

Urbanizar este insustituible activo ecológico implica remover la cobertura vegetal nativa, compactar y asfaltar suelos, perforar acuíferos, fragmentar ecosistemas que durante siglos funcionaron como una unidad ecológica continua y debilitar uno de los sistemas cársticos de recarga hídrica vitales de la zona.

¿Quién está evaluando el impacto acumulativo de todas estas intervenciones?

La fotografía que precede tomada desde la ciudad de Santiago, muestra una vivienda en construcción sobre la línea de horizonte de la cordillera. Más allá del estatus legal de esa construcción, la imagen ejemplifica un fenómeno cada vez más frecuente: la ocupación de las cumbres y la transformación del perfil natural de las montañas. 

La línea de cumbre, que durante miles de años definió el paisaje del norte de Santiago, allí por donde se “resbala el frío”, está siendo alterada por estructuras que pasan a formar parte del horizonte visible de toda la ciudad. 

Las montañas son sistemas vivos. Las crestas y líneas divisorias de aguas cumplen funciones esenciales en la captación de lluvia, regulación del clima, estabilidad de los suelos y la conservación de la biodiversidad. Son corredores biológicos que permiten el desplazamiento de aves, mamíferos, reptiles, insectos y plantas entre diferentes fragmentos de bosque. 

Cada vez que ocurre una intervención, rotura de la conectividad ecológica, modificación de los patrones naturales de escorrentía, los procesos erosivos se incrementan y se altera la estructura funcional del ecosistema. Una sola construcción puede parecer insignificante, pero el efecto acumulativo de decenas o cientos de intervenciones termina transformando por completo la montaña. 

La amenaza para la Cordillera Septentrional es la suma de cientos de decisiones que individualmente parecen inofensivas, pero que colectivamente están mermando la capacidad de la montaña para sostener la vida y proveer de agua a las comunidades. 

Mientras discutimos sobre los conflictos ambientales, la cordillera continúa cambiando. Por eso resulta urgente que autoridades, organizaciones, universidades y sociedad hagan visible esta realidad: se evalúe el conjunto de presiones inducidas o naturales, que están actuando simultáneamente sobre el territorio y se establezcan  límites para la ocupación y expansión urbana en zonas de recarga hídrica y actividades extractivas que comprometen la estabilidad de la montaña.