Encuentra una casa en nuestra familia

Homilía del Señor Nuncio, Monseñor Piergiorgio Bertoldi en la Catedral de Santiago, el pasado 16 de julio

Queridos amigos,

Qué bueno es encontrarnos hoy aquí, en esta Catedral. Hoy es un día doblemente especial: no solo comenzamos con muchísima alegría la novena del Apóstol Santiago, sino que lo hacemos cobijados bajo el manto de nuestra Madre, la Virgen del Carmen. Y qué mejor manera de arrancar este camino que teniendo bien grabado en el corazón el lema que nos va a acompañar en estos días: “La Familia: una comunidad de bautizados”.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a estar de fiesta, a botar la casa por la ventana de la alegría. El profeta Zacarías nos decía en la primera lectura: «Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti». Y con el Salmo nos unimos al canto de María diciendo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Miren qué promesa tan hermosa: ¡Dios quiere vivir en medio de nosotros! Pero uno se pregunta: ¿cómo hace Dios para vivir hoy entre nosotros? ¿Dónde encuentra una casa? La respuesta es sencilla: en nuestras familias, en cada uno de nuestros hogares, cuando se vive como una verdadera comunidad de bautizados.

El Evangelio de Mateo que acabamos de escuchar nos presenta una escena que, si la leemos rápido, nos puede parecer un poco chocante. Dice que Jesús estaba hablando con la gente, con una gran multitud, cuando de repente llegaron su madre y sus parientes. Como había tanta gente, se quedaron afuera y mandaron a avisarle: «Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y quieren hablar contigo».

Cualquiera pensaría que Jesús iba a salir corriendo a atenderlos, ¿verdad? Pero Él responde con una pregunta que nos sacude la cabeza: «¿Quién es mi madre y quiénes son mi hermanos?». Con esto, Jesús nos está desmontando las seguridades, esas cosas que damos por sentadas. Pero miren lo que hace inmediatamente después: el Evangelio dice que Jesús extendió la mano hacia sus discípulos. Imagínense ese gesto tan lindo, un gesto de protección, de cuidado, como cuando un papá o una mamá arropa a sus hijos. Y mirándolos fijamente, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre».

¿Qué nos está queriendo decir el Señor a nosotros hoy, aquí en Santiago, al empezar esta novena? Nos está diciendo que la relación de verdad con Él no es un asunto de apellidos, ni de sangre, ni un papel que se firma y ya. Nos está recordando que, gracias al Bautismo, nosotros entramos a formar parte de su verdadera familia, de su familia espiritual. El Bautismo nos hace “consanguíneos” de Jesús; nos da su misma sangre, que no es otra cosa que el Espíritu Santo, el amor mismo de Dios corriendo por nuestras venas.

Y miren qué dignidad tan grande, ¡qué cosa más tremenda nos regala Jesús! Dice que cada uno de nosotros, cada bautizado, cada familia, ¡puede convertirse en madre de Jesús! Piensen en esto: ¿qué hace una madre? Una madre da vida, da cuerpo, cuida. Nosotros nos convertimos en madre de Jesús cuando escuchamos su Palabra y hacemos que se vuelva realidad en el día a día. Cuando un esposo y una esposa se perdonan de corazón, cuando nos sentamos a escuchar a los hijos sin el celular en la mano, cuando cuidamos con cariño a nuestros viejitos… Ahí le estamos dando cuerpo a Jesús, lo estamos haciendo nacer y vivir en nuestra propia casa. Dios, que es el Todopoderoso, decide necesitar de nosotros y se pone en nuestras manos, así como se puso en las manos de la Virgen María.

Pero a veces, hermanos, nos pasa como a los parientes del Evangelio: nos quedamos “afuera”. El texto dice que ellos buscaban a Jesús para hablarle. Y admitámoslo, a veces nosotros somos igualitos con Dios: vamos a la oración solo a hablar, a caerle atrás con una lista de peticiones, a decirle lo que tiene que hacer y cómo tiene que arreglarnos la vida según nuestros planes. Pero el verdadero acto de fe no es solo hablar; el secreto está en escuchar. María se convirtió en la Madre de Dios porque fue “puro oído”, escuchó la Palabra, le abrió espacio en su interior y la dejó dar fruto.

Nuestras familias se convierten en una auténtica “comunidad de bautizados” cuando dejamos de pelear por imponer nuestra “propia voluntad” y empezamos a buscar la “Voluntad del Padre”. Cuando en la casa cada quien quiere hacer lo que le da la gana, nos volvemos egoístas, queremos tener siempre la última palabra, nos llenamos de soberbia y terminamos sembrando amargura y división. 

En cambio, cuando nos unimos para buscar lo que Dios quiere —que es siempre el amor, la paciencia, el perdón, la alegría y la paz—, la casa se transforma y se vuelve un pedacito de cielo.

Miren que Jesús no excluye a nadie; Él habla de hermano, hermana y madre. En la familia de los bautizados no valen los prejuicios, ni los chismes, ni las divisiones que a veces nos inventamos. Todos, hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos, tenemos la misma responsabilidad y el mismo llamado a ser discípulos.

Queridos hermanos y hermanas de esta amada tierra del Yaque: vamos a comenzar esta novena patronal pidiéndole a Santiago Apóstol y a nuestra Madre, la Virgen del Carmen, que nos regalen la gracia de valorar el gran tesoro de nuestro Bautismo. Nosotros no somos una masa de gente anónima que mira la fe desde lejos. ¡No señor! Nosotros somos la familia de Jesús.

En estos días de preparación para nuestra fiesta patronal, abramos de par en par las puertas de nuestras casas a la Palabra de Dios. Vamos a escucharnos más, a abrazarnos más, a querernos mejor en familia. 

Que Santiago de los Caballeros vea en cada uno de nuestros hogares a esa comunidad de bautizados que, con su vida, hace que Jesús esté vivo y camine por nuestras calles.

Que el Señor nos conceda esta gracia y nos bendiga a todos en esta novena. Amén.