Por: Isabel Valerio Lora, MSc
“Las palabras no dichas son las que más pesan al alma”. Sigmund Freud.
Alguna vez has tenido algo callado, que ocultas por dolor, vergüenza o tal vez por imposición, llegando a un punto que tu cerebro bloquea el evento traumático para protegerte, manifestándose luego en desconexiones emocionales, ansiedades o dolencias físicas.
Según la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés), el trauma es “una respuesta emocional a un evento terrible, como un accidente, una violación o un desastre natural”.
Sin embargo, una persona puede experimentar un trauma como respuesta a cualquier evento que encuentre, física o emocionalmente, amenazante o perjudicial.
Quien está viviendo un trauma puede sentir diversas emociones, tanto inmediatamente después del evento como a largo plazo. Puede sentirse abrumada/o, indefensa/o, conmocionada/o, o tener dificultades para procesar sus experiencias. El trauma también puede causar síntomas físicos.
Algunas investigaciones estiman que del 60 al 75 % de las personas en Norteamérica experimentan un evento traumático en algún momento. La organización benéfica Mind en el Reino Unido enumera las siguientes causas potenciales de trauma: Acoso, hostigamiento, abuso físico, psicológico o sexual, agresión sexual, accidentes de tráfico, dar a luz, enfermedades que ponen en riesgo la vida, pérdida repentina de un ser querido, ser atacado, sufrir un secuestro, actos de terrorismo, desastres naturales, las guerras, etcétera.
Un trauma no contado es un evento que sucedió, pero que no se nombra en la familia nunca. No hay historia, no hay palabras, no hay ritual de duelo, sólo hay efectos. Todos sienten que algo pasó pero nadie dice qué. Miranda (2021).
Desde el enfoque psicológico, un trauma no contado se transmite por:
El silencio como mensaje:
Cuando los padres no hablan del trauma pero su cuerpo sí: hipervigilancia, miedo, tristeza, explosiones de rabia. El niño aprende: “Hay algo terrible aquí, pero preguntar es peligroso”. Eso genera ansiedad sin causa aparente y culpa: “Si mis padres sufren tanto, yo debo ser la causa”.
Los mandatos y lealtades invisibles
Frases no dichas que el niño termina viviendo: “Tienes que ser fuerte, no puedes quebrarte”.
“No hables de la familia afuera”, “Vive por los que no pudieron”. El hijo carga una misión que no eligió.
Distorsión en la crianza y en el apego
Los padres traumatizados suelen ser de dos tipos:
Sobreprotectores: “El mundo es peligroso”. Como consecuencia, el hijo crece con miedo y emocionalmente ausente: “No puedo sentir más dolor”. El hijo crece con vacíos que no llena con nada, en su vida adulta.
La psicóloga Yael Danieli, especialista en traumas, refiere que esos niños se convierten en portadores del dolor no resuelto de sus padres.
Los efectos a largo plazo de esos traumas no hablados o no resueltos son:
Ansiedad y depresión sin un evento o detonante que lo explique.
Dificultad para poner límites.
Sensación de vacío o de “no pertenecer”.
Repetir patrones: Elegir parejas o trabajos que recrean el trauma.
Síntomas físicos: El cuerpo “habla” lo que la boca calló, aparecen algias o dolores que no se le encuentra causa física, una sensación de “nudo en el estómago”, sensación de vértigos, en la mujer trastornos menstruales, entre otros síntomas.
Recuerde, todo evento traumático debe ser tratado por un especialista de salud mental, para evitar complicaciones.



