Jimmy Drabczak
Cuando un niño termina la escuela, el nivel Medio, casi todos le hacen las mismas preguntas: «¿Qué vas a estudiar? ¿En qué vas a trabajar? ¿Cuánto dinero quieres ganar?» Son preguntas importantes, pero pocas veces alguien le pregunta: «¿Cuál es la misión que Dios tiene para tu vida?»
Sin embargo, esa fue la gran pregunta que se hicieron los vecinos al nacer San Juan Bautista: «¿Qué será de este niño?» (Lc 1,66). No querían saber si sería rico o famoso. Querían descubrir cuál era el proyecto de Dios para él. Con el paso de los años comprendieron que Juan había nacido para preparar el camino del Mesías.
También nosotros hemos sido creados para una misión. Dios no crea a nadie por casualidad. A cada persona se le conceden talentos, capacidades y oportunidades para ponerlas al servicio de los demás.
El trabajo, la profesión y los bienes materiales son importantes, pero nunca pueden n ocupar el primer lugar. La verdadera plenitud se alcanza cuando vivimos conforme al proyecto que Dios soñó para nosotros.
Precisamente ahí se libra el combate espiritual. Una de las estrategias del demonio consiste en hacer que olvidemos la misión que Dios nos ha confiado. Nos hace creer que el éxito vale más que la honestidad, que el dinero vale más que la familia y que el poder vale más que el servicio. Poco a poco, la persona pierde el rumbo y termina viviendo solamente para sí misma.
Los santos ángeles sirven al plan de Dios y realizan exactamente la misión contraria. Iluminan nuestra conciencia, fortalecen las buenas inspiraciones y nos animan a permanecer fieles al Señor. No sustituyen nuestra libertad, porque Dios quiere que respondamos libremente a su amor, pero nunca dejan de invitarnos a elegir el bien. Su mayor alegría es ver a una persona descubrir su vocación y vivirla con fidelidad.
Por eso la Iglesia nos invita a acudir con confianza al Ángel de la Guarda y a San Miguel Arcángel. No porque posean poderes mágicos, sino porque Dios los ha enviado como protectores y compañeros de camino en nuestra lucha contra el mal. Ellos nos recuerdan que la vida cristiana no consiste solamente en evitar el pecado, sino en responder cada día a la llamada del Señor.
Los padres tienen aquí una responsabilidad insustituible. No basta con enseñar a un hijo a leer, a trabajar o a ganarse la vida. Deben ayudarlo a descubrir para qué fue creado. Y esa educación comienza con el ejemplo. Los hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que escuchan. Una familia que ora unida, participa en la Eucaristía y vive el Evangelio, forma hombres y mujeres capaces de responder generosamente a la voluntad de Dios.
Cada día escuchamos dos voces. Una repite, como San Miguel: «¡Quién como Dios!». La otra nos susurra que podemos vivir sin Él. La decisión siempre será nuestra.
Nuestra identidad es un don de Dios. Nuestra misión es una respuesta de amor. Y en ese camino nunca estamos solos: el cielo entero camina con nosotros.
Oración
Ángel de mi Guarda, fortalece mi corazón para permanecer fiel a la misión que Dios me ha confiado. Defiéndeme de todo aquello que quiera apartarme del Señor y acompáñame para que, al final de mi vida, pueda presentarme ante Dios habiendo cumplido con amor su santa voluntad.
Amén.



