Los Ángeles nos conducen hacia los santos

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Padre Jimmy Drabczak

Cada año nuestras parroquias se llenan de música, flores, procesiones y alegría para celebrar las fiestas patronales. Muchos participan con entusiasmo, pero pocos se detienen a preguntarse: ¿qué estamos celebrando realmente? ¿Es solo una tradición heredada de nuestros abuelos o hay un mensaje mucho más profundo?

La solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista nos ofrece la respuesta. Juan no vivió para que hablaran de él. Toda su existencia estuvo orientada a señalar a Jesucristo. Cuando sus discípulos comenzaron a seguir al Señor, él pronunció aquellas palabras que resumen la vida de todo santo: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

Lo mismo sucede con los santos ángeles. Nunca buscan ocupar el lugar de Dios. Toda su misión consiste en conducirnos hacia Él. Los ángeles anuncian, protegen, fortalecen y sirven al plan de Dios en favor de los hombres. 

Los santos hacen exactamente lo mismo. No son personajes del pasado ni simples figuras históricas. Son hombres y mujeres que vivieron el Evangelio con fidelidad y ahora interceden por nosotros. Ellos nos recuerdan que la santidad no es un privilegio reservado para unos pocos, sino la vocación de todo bautizado.

Por eso la Iglesia celebra las fiestas patronales. No son únicamente actividades culturales, procesiones o encuentros sociales. Son una invitación a contemplar la vida de un amigo de Dios y preguntarnos si también nosotros estamos caminando hacia la santidad. Cuando una comunidad celebra a su patrono, recuerda que no está sola. El cielo sigue acompañando a la Iglesia peregrina.

Algo parecido ocurre con el cumpleaños. Solemos reunirnos en familia, soplar las velas, compartir un pastel y recibir felicitaciones. Todo eso es hermoso. Sin embargo, un cristiano sabe que ese día merece algo más. Es una oportunidad para dar gracias a Dios por el don de la vida, agradecer el amor de nuestros padres y preguntarnos si el año que termina nos ha acercado más al Señor.

Los ángeles nos ayudan precisamente a vivir con esa mirada sobrenatural. Ellos nos recuerdan que la vida tiene un destino eterno y que cada día es una nueva oportunidad para crecer en el amor de Dios. 

Cuando acudimos a nuestro Ángel de la Guarda, a San Miguel Arcángel o a nuestro santo patrono, no estamos sustituyendo a Dios. Estamos aceptando la ayuda que Él mismo ha querido regalarnos para recorrer con seguridad el camino hacia el cielo.

En una sociedad que fácilmente convierte a artistas, deportistas o personajes famosos en modelos de vida, los cristianos seguimos mirando a quienes verdaderamente valen la pena imitar: los santos. Ellos no nos apartan de Cristo; nos llevan hasta Él. Y los ángeles, silenciosamente, nos acompañan para que nunca perdamos ese camino.

Quien olvida a los santos termina buscando ídolos; quien camina con los santos encuentra el camino que conduce a Dios.

Oración

Ángel de mi Guarda, llévame siempre por el camino de la santidad. Enséñame a seguir el ejemplo de los santos y a poner siempre a Jesucristo en el centro de mi vida. Que nunca me aparte del sendero que conduce al cielo. Amén.