¿Fruto de la decadencia o descomposición?

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Por: José Jordi Veras Rodríguez

jordiveras@yahoo.com

Hace más de veinticinco años, nuestro padre nos hizo una aseveración que se ha hecho realidad desde aquel momento: “La sociedad dominicana de hoy está en vías de una descomposición social rampante”. Y esto lo decía por ver cómo los distintos entes importantes de un conglomerado social se estaban resquebrajando y debilitando.

Él veía la manera en que las instituciones del Estado se estaban degradando en su accionar. De qué manera se comenzaba a perder la confianza y credibilidad en ellas, tanto desde el ámbito político, social, económico y hasta religioso. 

De qué manera la institución familiar comenzaba a resquebrajarse, dado que el respeto se comenzaba a perder: en el ambiente familiar, en las escuelas, los profesores y maestros, hacían a un lado su compromiso con el estudiantado.

Los partidos políticos comenzaban a perder credibilidad y por ende, se iniciaba la erosión del sistema político dominicano, debido a los tantos escándalos de corrupción, la impunidad que estaba cada vez más presente. La deuda histórica de insatisfacción en cuanto a conquistas importantes para las grandes mayorías.

Recordamos que cuando alguien expresaba que la institución policial estaba corrompida o que había graves problemas”.  Él siempre nos decía o respondía con una pregunta: “Solamente la Policía?” Y luego manifestaba: “Y el Congreso?, ¿y los partidos?”

En fin, los años le han dado la razón, porque la realidad es que hoy estamos padeciendo, no viviendo, la descomposición social en todos los ámbitos. 

Hoy, el ente familiar ha sido muy erosionado, porque lo que vemos es que existen padres que no son un ejemplo para sus hijos, mucho menos sus guías. Y los valores que ayer eran importantes, hoy no se practican ni se inculcan.

Hace poco escuchamos hablar sobre aspiraciones políticas de un “influencer”, y de la posibilidad de éste asumir las directrices de un partido político del sistema.  A propósito de esto, leímos un artículo, titulado, “Él no es una causa, es una consecuencia”. Y expresa, en algunos de sus párrafos:

La consecuencia de décadas de educación deficiente, de barrios abandonados, de un narcotráfico que ocupó el espacio que el Estado dejó vacío. Creció donde el estudio parecía menos útil que el tigueraje y las malas mañas para progresar”.

“Millones lo ven como un ejemplo porque representa la posibilidad de escapar de la precariedad. No por sus ideas, sino por lo que aparenta haber logrado”.

“No tiene una ideología clara, pero se monta en una época que premia la estridencia, el insulto y los mensajes simples. Asume causas que no comprende y recibe apoyo por identificación tribal más que por reflexión”.

“Los políticos tradicionales, responsables de muchas de las condiciones que hicieron posible su ascenso, se le acercan. Lo temen. Saben que es un síntoma de algo más profundo”.

Podemos tomar estas palabras como algo más, sin embargo, describe en cada una de ellas, esa decadencia que hemos mencionado y que fue paulatinamente insertándose en el cuerpo social dominicano y hoy, ha hecho metástasis.

Pero, como bien dice el artículo ya citado, el problema no es esa persona, sino nosotros como sociedad, con los antivalores que hoy estamos permitiendo que se exhiban y que se propaguen, pero también, que sean considerados como los que nos definen como personas.