Padre William Arias

El mes de junio nos trae siempre a nivel litúrgico el jueves de Corpus Christi y la festividad del Corazón de Jesús, entre otras celebraciones más particulares en nuestra Iglesia, donde celebraciones y fiesta campean, pues aunque hay problemas y dificultades, siempre se celebra, pues siempre hay esperanza de lo mejor ya manifestado en la persona de Jesús nuestro Señor.

En esta ocasión quisiera detenerme en la Eucaristía, aunque de ella hemos hablado otras veces,pues nunca se agotará dicho tema, de ahí su grandeza dentro de nuestra fe, la cual nos la hace referencia constante y sostén en nuestro caminar o mejor dicho: en nuestro peregrinar en este mundo en dirección al Señor. 

Es muy sabido su dimensión de alimento espiritual, como de otras vertientes doctrinales que encierra, pero en los últimos tiempos van resurgiendo tendencias grupales, que quieren opacar ese sentido pascual y priorizar sólo el elemento sacrificial: Eucaristía como sacrificio de Cristo y no como elemento pascual de Cristo y la Iglesia.

Cuando decimos de la Eucaristía como elemento pascual nos referimos a esa doble dimensión que encierra: cruz y resurrección, pues Jesús se ofrece en la cruz, se sacrifica por nosotros, pero no se queda ahí, sino que su muerte tiene una finalidad redentora y se da en su posterior resurrección. La cruz solo es un momento en la vida de Cristo, unas pocas horas y un hecho queapunta y es camino a otro que es la resurrección. La Eucaristía encierra el sacrificio, pero se extiende y permanece en la acción resucitadora que se da en Cristo.

Los mismos textos que nos hablan de la resurrección tiene un gran trasfondo eucarístico. El más ejemplar de ellos es el de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), en el momento culminante del relato, el caminante parte el pan, realizando los pasos propios de la Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y comparte, y ahí le reconocen y él desaparece, pues ya no necesita dejarse ver corporalmente, pues ha quedado presente por siempre en el pan consagrado, hasta su venida gloriosa.

Cruz y resurrección convergen en la Eucaristía, sacrificio y pascua se entrelazan, no hay que minimizar uno y realzar otro, no hay necesidad de contraponerlos; el sacrificio en la cruz de Cristo es el punto de arranque del resucitado, celebrar la Eucaristía, este sacramento de amor, es viabilizar estos dos grandes misterios de la fe en Cristo. Nuestras celebraciones eucarísticas deben conllevar toda esa solemnidad propia del momento de la muerte de Cristo, pero sin dejar a un lado todo lo de alegría y de fiesta que significa la nueva vida que él nos trae tras su salida del sepulcro.

Podrá en algunas regiones del mundo o grupos de la Iglesia donde se acentúe una de estas dimensiones más que la otra, pero sin denostar ninguna de las dos, como pretenden algunos. Muchos quieren regresar a las antiguas usanzas y ritos pre-Vaticano II, pues consideran escandalosas y ruidosas, incluso hasta blasfemas, algunas formas muy propias de celebrar la Eucaristía hoy, las cuales parten de todo el abanico formal que ha abierto la constitución del Concilio Vaticano II sobre la liturgia: “Sacrosanctum Concilium”, y de una fe que se incultura por el Espíritu, para poder decirle algo al hombre de hoy, sobre el Cristo que se da y comparte en la celebración eucarística.

La pascua de Cristo se ha quedado plasmada en la celebración eucarística, en su doble vertiente de sacrificio y resurrección, ningún sentido yuxtapuesto al otro, sino en una unión, la cual crea una sinergia en medio de la asamblea, donde la solemnidad del cordero que se sacrifica y muere, se amplifica, canta y baila la vida eterna que de él fluye.