Los ángeles y la presencia que vence la soledad
Padre Jimmy Drabczak
Mira dentro de ti, observa tus deseos. En cada uno de nosotros hay deseos profundos: el deseo de seguridad, de no tener miedo; el deseo de libertad; el deseo de no perder a la persona amada; el deseo de vivir para siempre. Estos deseos son buenos, porque han sido sembrados por Dios en el corazón humano. Sin embargo, muchas veces no sabemos cómo realizarlos correctamente y comenzamos a buscar a tientas.
Buscamos seguridad en el poder, pensando que quien controla no teme. Buscamos tranquilidad en el dinero, creyendo que nos hará libres. Buscamos el amor intentando poseer al otro. Pero en medio de estas búsquedas surge una pregunta decisiva: ¿existe un lugar donde todos estos deseos se cumplan plenamente?
Imaginemos una noche de verano. Entra una polilla en la habitación y comienza a buscar la salida. Sin embargo, se dirige a la luz más fuerte: la bombilla. Se acerca, se quema las alas, pero sigue volviendo una y otra vez, hasta morir. Su salvación no estaba en esa luz intensa, sino en la luz suave de la luna, fuera de la ventana. Pero no lo entendió.
Así también ocurre con nosotros. Muchas veces vamos hacia lo que nos hiere, confundiendo lo que brilla con lo que realmente salva. Y en este momento aparece una verdad que pocas veces recordamos: Dios no nos deja solos en esa búsqueda. Envía a sus ángeles.
Los ángeles son servidores de la providencia divina. No solo actúan en momentos extraordinarios, sino que acompañan silenciosamente el camino del hombre. Custodian la verdad de nuestros deseos más profundos y nos orientan hacia el verdadero destino. En la Ascensión del Señor, cuando los discípulos miraban al cielo, dos ángeles les dijeron: “¿Qué hacen mirando al cielo?”. No era un reproche, sino una llamada: no se queden paralizados, caminen, vivan, confíen.
El cardenal Joseph Bernardin contaba que, siendo niño, su madre le mostraba fotos del pueblo de donde provenía su familia en Italia. Años después, al visitar ese lugar por primera vez, sintió algo profundo: “Estoy en casa”. Nunca había estado allí, pero lo reconocía.
Así será el cielo. Será la primera vez… y sin embargo, sabremos que hemos llegado a casa. Ese es el destino de nuestros deseos.
La Ascensión del Señor nos recuerda que nuestra meta no está en este mundo. Aquí estamos en camino. Y los ángeles nos acompañan para no perdernos, para no confundirnos de luz, para no quedarnos atrapados en lo que brilla, pero destruye.
Por eso, es necesario apagar a veces las luces fuertes de este mundo: el ruido, las pantallas, la prisa, el poder, el ego. Y encender una luz más suave: la oración. La oración es una ventana abierta al cielo.
Quien ora empieza a vivir de otra manera. Tiene más paz, menos miedo, más claridad. Empieza a reconocer la luz verdadera.
Creámoslo. Vivamos con esta esperanza. Y dejemos que Dios, a través de sus ángeles, nos guíe hacia ese lugar donde todos nuestros deseos serán plenamente realizados, donde nadie nos quitará lo que amamos, donde viviremos para siempre en su presencia. Allí está nuestro verdadero hogar.




