Desde España/ Área: Pastoral de la Salud
Mary Esthefany García
Hay historias cargadas de un dolor tan profundo que ni siquiera el paso del tiempo logra suavizar. Son heridas que nacen del abandono y que se alojan en lo más íntimo del corazón: abandono emocional, cuando no hubo palabras ni abrazos; abandono físico, cuando alguien se fue y dejó un vacío; abandono afectivo, al sentirse ignorado; abandono familiar, cuando faltó el cuidado; y también abandono espiritual, cuando se perdió la confianza incluso en Dios. Estas heridas no siempre gritan, muchas veces se esconden detrás de una aparente calma.
Es el caso de una señora a quien hemos acompañado en varias ocasiones. Al comenzar su relato, afirma tener paz; sin embargo, mientras narra su historia, va reconociendo que hay un dolor antiguo que aún no logra perdonar. En su fragilidad, se cuestiona la vida, el sentido de seguir adelante, y abrirse paso se vuelve cuesta arriba. El perdón no es fácil; duele, confronta y exige un acto profundo de fe.
La Palabra de Dios nos ilumina: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4,32). Este texto nos recuerda que el perdón no nace de nuestras fuerzas, sino de la experiencia de sabernos perdonados por Dios. Quien no perdona queda detenido; la falta de perdón no deja avanzar, se somatiza en enfermedades, el cuerpo se carga y el alma se cansa. No se sabe ni por dónde seguir. En cambio, el perdón libera, aligera y devuelve el rumbo.
Oración final
Señor Jesús, mira nuestras heridas de abandono y el dolor que aún pesa en el corazón. Danos la gracia de perdonar como Tú nos perdonas, sana nuestro cuerpo y nuestra alma, y enséñanos a caminar libres. Amén.




