Por Eduardo M. Barrios, S.J.
Mayo es el mes de las flores en más de un sentido: Todo el mundo sabe que las lluvias primaverales hacen que los campos y jardines se cubran de flores durante el quinto mes del año.
Y cualquier católico medianamente formado sabe que en mayo se da culto más intenso a la Virgen María.
Mayo es el mes mariano por excelencia; muchos hemos cantado año tras año aquello de “Venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía, que Madre nuestra es”.
En un sentido más profundo, mayo es el mes de las flores en cuanto que todo el mes transcurre en el tiempo litúrgico de Pascua florida. La Pascua acaba este año el 24 de mayo, Solemnidad de Pentecostés.
En mayo florece la vida sobrenatural, la vida de la gracia. Es un mes privilegiado para celebrar bautizos, primeras comuniones y confirmaciones.
Para quienes hemos completado los sacramentos de iniciación cristiana, mayo es un tiempo para florecer y fructificar espiritualmente, como corresponde a nuestra identidad de resucitados con Cristo.
San Pablo nos pone a pensar cuando dice: “Si Ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2).
Al promover la devoción mariana en mayo, se debe procurar que ese culto se mantenga dentro de los parámetros de la ortodoxia, palabra que se refiere a la recta doctrina; su contrario se llama heterodoxia, sinónimo de herejía.
Puede ayudar el documento mariano más reciente de la Santa Sede. Lo publicó el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la aprobación del Papa León XIV, el pasado 25 de noviembre. Se titula, “Mater populi fidelis”.
El documento exhorta a evitar el maximalismo mariológico. Puede llevar a descarrilar el culto mariano una famosa frase atribuida a San Bernardo, “De Maria nunquam satis”, es decir, nunca es suficiente lo que se diga de María. Por eso se deben evitar títulos mariológicos que no le pertenecen a Ella.
El documento en cuestión ha señalado principalmente el título de corredentora. Hay un solo redentor, Jesucristo. No se puede presentar a María como ejerciendo una función propia e independiente de su Hijo. Ella siempre se asoció a la obra de Jesús, pero sin añadir algo que faltase al poder del único redentor. También debe evitarse otro título de amplia difusión, el de “Medianera o Mediadora de todas las gracias”.
Como enseña San Pablo, hay un solo mediador entre Cristo y los hombres (Cfr. 1Tim 2,5-6). El mismo apóstol dijo lo siguiente: “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” (Hech 4,12).
Conviene seguir profundizando en el legado que nos dejó el Papa Juan Pablo II en su encíclica del 25 de marzo de 1987, “Redemptoris Mater”. Lleva como subtítulo, “La bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia Peregrina”. Su mediación debe entenderse como de intercesora. Ya en el cuarto evangelio se mostró “influencer” sobre Jesús en el episodio de las bodas de Caná con estas sencillas palabras, “No tienen vino” (2,2). Para añadir a continuación, “Hagan lo que él les diga” (2,5).
Los cristianos en general, y los católicos en particular, debemos cultivar una devoción mariana que nos acerque cada vez más a Jesucristo.




