Queridos formadores, seminaristas, socios y celadores de la Obra de las Vocaciones, hermanos todos… En el Domingo del Buen Pastor, celebramos con gratitud los 70 años de la Obra de las Vocaciones Sacerdotales en nuestra Arquidiócesis. Es un día de alegría, de memoria agradecida y de renovado compromiso con la llamada que el Señor sigue haciendo a su Iglesia.

El Evangelio nos presenta a Jesús como el Buen Pastor, aquel que conoce a sus ovejas, las llama por su nombre y da la vida por ellas. Esta es la identidad más profunda del sacerdocio: ser presencia viva de Cristo Pastor en medio de su pueblo. No administradores, sino pastores; no funcionarios, sino testigos; no dueños, sino servidores.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro anuncia con valentía a Cristo, y su predicación toca el corazón de muchos. Así nace la Iglesia: de la Palabra anunciada con convicción y de corazones disponibles para acogerla. También hoy, Dios sigue llamando, pero necesita mediaciones: necesita comunidades que crean, que oren y que acompañen las vocaciones.

Por eso, hoy queremos agradecer de manera especial a los socios y celadores de esta Obra, porque con su oración constante y su generosa colaboración, han sido terreno fértil donde muchas vocaciones han podido germinar y crecer. Su servicio, muchas veces silencioso, es profundamente fecundo. 

Gracias por creer en el llamado de Dios y por sostener con amor la formación de nuestros futuros sacerdotes.

El salmo nos ha recordado: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Esta es la certeza que sostiene toda vocación. Y la carta de Pedro nos muestra el rostro del Pastor que sufre, que carga con nuestras heridas y nos enseña el camino de la entrega. El sacerdocio hoy, como ayer, pasa por la cruz, por la fidelidad en medio de las pruebas, por el servicio humilde y perseverante.

Queridos seminaristas: ustedes están llamados a configurarse con este Buen Pastor. No ignoren los desafíos del mundo actual: una cultura que a veces relativiza la verdad, el individualismo que debilita la entrega, la fragilidad en los compromisos, las heridas sociales y eclesiales que exigen pastores sanadores, cercanos y creíbles.

También, el desafío de vivir una madurez humana y afectiva sólida, una espiritualidad profunda y una auténtica pasión por el pueblo de Dios. Y, no tengan miedo. Si el Señor los ha llamado, Él mismo los sostendrá.

Vivan el Seminario con alegría, como una etapa de gracia: Cultiven una relación profunda con Cristo, Buen Pastor, en la oración diaria. Aprovechen la formación integral, incluso en sus exigencias, como camino de crecimiento.

Fortalezcan la fraternidad, aprendiendo a ser verdaderos hermanos. Y mantengan viva la esperanza: vale la pena dar la vida por Cristo y por su Iglesia. 

Hoy, al celebrar estos 70 años, renovemos juntos nuestro compromiso de promover, acompañar y sostener las vocaciones sacerdotales. La Iglesia y la sociedad necesitan pastores según el corazón de Cristo.

Que María, Madre del Buen Pastor, cuida de nuestros seminaristas, bendiga a nuestros socios y celadores y bienhechores y nos enseñe a todos a escuchar y responder con generosidad a la voz del Señor. Amén.