Dichosos los que creen sin ver

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Ysis Estrella Roman

“Dichosos los que no han visto y han creído.” (Jn 20,29)

En este segundo domingo de Pascua, el Evangelio nos presenta a Jesús resucitado que se hace presente en medio de sus discípulos. Ellos están encerrados por miedo, pero el Señor atraviesa las puertas cerradas y les ofrece la paz. Su presencia transforma la tristeza en alegría y el temor en confianza.

Tomás no estaba en ese primer encuentro. Cuando escucha el testimonio de los demás, le cuesta creer. Quiere ver, tocar, comprobar. Su duda no es rechazo, es búsqueda sincera. Ocho días después, Jesús vuelve a presentarse y se dirige directamente a él. No lo reprende con dureza, sino que le ofrece la oportunidad de creer.

El Señor también se acerca a nuestras dudas. Conoce nuestras luchas interiores y no se escandaliza de nuestras preguntas. Al contrario, sale a nuestro encuentro con paciencia y misericordia. Por eso este domingo es también el Domingo de la Divina Misericordia: celebramos a un Dios que no se cansa de buscarnos.

Cuando Tomás reconoce a Jesús, proclama una de las confesiones más hermosas del Evangelio: “Señor mío y Dios mío”. Su experiencia nos recuerda que la fe madura en el encuentro personal con Cristo.

También nosotros, aunque no veamos físicamente al Señor, estamos llamados a creer. Su presencia se hace real en la Palabra, en los sacramentos y en la comunidad. La fe no es ceguera, es confianza en el amor de Dios.

Pidamos la gracia de creer con un corazón abierto. Que el Señor fortalezca nuestra fe y nos conceda experimentar su misericordia en cada momento de nuestra vida.

Ánimo.